El pueblo de los colonos

Domingo 3 de octubre de 2010 | Publicado en edición impresa 

 

La historia de Colón nació en San José, primera colonia agrícola de Entre Ríos, como cuenta su Museo Histórico Regional, un buen alto entre un paseo por las termas y en busca de piedras semipreciosas.

El 2 de julio de 1857, un grupo de colonos llegados del Piamonte, de Saboya y del Valais suizo empezó a hacer realidad el sueño de la promesa americana, cuando desembarcó en el actual puerto de Colón para fundar la primera colonia agrícola entrerriana. Claro que la tierra prometida también tenía sus problemas: con Corrientes como primer destino, los inmigrantes se encontraron con que el gobierno local desconocía el contrato que los había traído hasta las orillas del río Uruguay. Salvó la situación la intervención de Justo José de Urquiza que los ubicó en sus campos, dando origen a la primera de una serie de colonias instaladas sobre las cuchillas y los prósperos verdes de la provincia.

Aquella historia de esfuerzo, de optimismo inquebrantable, de lucha para adaptar las costumbres traídas de los Alpes a su nueva patria se cuenta en el Museo Histórico de San José, primer pueblo que fundaron los colonos. Con el tiempo, la vecina Colón creció más y San José quedó pequeño: pero todo en la ciudad habla de los inmigrantes y su historia, desde los objetos del museo y las asociaciones culturales hasta los nombres de las calles y de los comercios, heredados de los pioneros.

Luego de conocer el museo, que está sobre la prolija plaza central, hay que salir del pequeño centro, por donde pasan los autos y camiones que van y vienen de Colón, para disfrutar lo mejor de San José. Están las termas, por empezar. Modernas y atractivas tienen piletas para toda la familia y para todas las épocas del año. Parte de las piscinas son cubiertas e ideales para el invierno, con el acompañamiento de chorros de hidromasaje. Pero apenas salga el sol hay que dejarse tentar por las piletas al aire libre, que pronto habilitarán también un nuevo sector con juegos de agua para los chicos. Desde allí se goza de una vista amplia sobre las pendientes suaves que bajan hasta el río Uruguay, cuyas aguas se adivinan al fondo del ancho valle.

Luego de las termas hay que recuperar fuerzas. Bien vale entonces tomar el camino de ripio que llega hasta una confitería rural enteramente dedicada a las nueces pecan. Esta particular variedad de nueces, frecuentes en el sur de Estados Unidos, donde son ingrediente popular de numerosos platos, encontraron su clima ideal a orillas del río Uruguay y prosperan en esta finca de 50 hectáreas que propone nueces en todas las formas imaginables: saladas, bañadas en chocolate, garrapiñadas, en caramelo, con queso... Se pueden probar tortas y hasta alfajores preparados con pecan, mientras los apasionados responsables de la finca se explayan sobre las virtudes de las nueces (hasta es posible llevarse, si hay un lugar en el jardín, un árbol de pecan listo para plantar).

Finalmente, en la ruta que une Colón con San José se puede visitar un pequeño museo de gemas y piedras semipreciosas. El lugar está a cargo de la artesana Selva Gayol, que exhibe troncos petrificados, amatistas procedentes del norte de la Mesopotamia, ágatas y numerosas piedras autóctonas y exóticas. Entre lo más interesante están los frutos petrificados que arrastró el río Uruguay y se conservaron casi milagrosamente en sus orillas, además de curiosas piedras que conservaron agua en su interior. Con tiempo, lo ideal es combinar la visita con la expedición a las canteras que proponen los operadores de ecoturismo en Colón, una buena forma de convertirse en un auténtico Indiana Jones del jaspe, las ágatas y los troncos petrificados.

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Entre Ríos / Las joyas de Colón

Los cazadores de piedras perdidas

A orillas del río Uruguay es posible descubrir ágatas, jaspes y otras piedras que encierran verdaderos tesoros naturales. Un safari en 4x4 enseña a descubrirlas e interpretarlas

Domingo 3 de octubre de 2010 | Publicado en edición impresa 
 

Las tardes benignas del invierno entrerriano son una invitación tradicional al descanso y el disfrute termal. Pero las orillas del río Uruguay tienen mucho más para ofrecer, y despiertan con su inesperada riqueza geológica el instinto aventurero de cualquier explorador en potencia: para ellos, un auténtico safari en 4x4 con punto de partida en Colón se convierte en una de las mejores opciones para un fin de semana distinto, a sólo 320 kilómetros de Buenos Aires.

"Colón no tiene un imán turístico ineludible, un glaciar o unas cataratas. Pero sí un abanico de pequeñas gemas que te van ganando de a poco, como los buenos amores", dice Charlie Adamson, que desde hace muchos años enseña a los recién llegados a descubrir esas pequeñas joyas que ocultan las orillas del caudaloso Uruguay. Con él combinamos la hora de salida y empezamos a recorrer algo de la historia de esta colonia de origen suizo que tiene algunas particularidades muy propias.

"Justo José de Urquiza quiso aquí una diagramación distinta. Rompió con algunas de las reglas de las típicas ciudades coloniales hispanas: por empezar, el ancho de las calles. Según el modelo colonial español, las calles deben medir siete varas, es decir 13 metros de ancho. El dictaminó que en Colón la calle más angosta mediría 17. Es la razón por la cual aquí tenemos la impresión de tener más oxígeno, más libertad. Y también rompió otra regla, la orientación de las calles -que deben ir de Norte a Sur y de Este a Oeste-, pero él giró el mapa 45° y así logró que en la ciudad todos los frentes de las casas tengan sol en algún momento del día."

A la vuelta estamos dispuestos a comprobarlo. Pero ahora, subidos a un trepidante 4x4 que parece un híbrido de Indiana Jones con una coctelera, estamos listos para iniciar el safari desafiando los terrenos irregulares que nos llevan hasta el río.

De volcanes, frutas y piedras

A pesar del ruido del vehículo, la voz de Charlie se abre paso con claridad para explicar que toda la arena de la zona es rica en silicio, un agente petrificador que desde tiempos inmemoriales aprovecharon los chacareros de la zona para detener el proceso de descomposición de las frutas y conservarlas intactas durante todo el año. "El mismo fenómeno alcanzó a los troncos de una antigua selva que fue totalmente sepultada bajo la arena, tal vez por causas parecidas a las que provocaron la extinción de los dinosaurios. Pudo haber sido una gigantesca erupción volcánica. Por eso encontramos troncos petrificados y hasta frutos, que tienen unos 65 millones de años", explica nuestro guía, a la vez que maneja con habilidad entre los desniveles de un camino vecinal de ripio, en dirección al vecino pueblo de San José.

Antes de llegar al sitio de la cacería de piedras propiamente dicha, Charlie hace un alto en un pequeño museo de piedras semipreciosas montado en la que fue su propia casa por la artesana Selva Gayol. Es la ocasión ideal para aprender a aguzar la vista y descubrir, en estantes cuidadosamente organizados, lo que la naturaleza entregará luego en forma desordenada en las orillas mismas del río.

De una auténtica caja de Pandora va saliendo una piedra tras otra, cada una más sorprendente que la anterior: un ágata con agua adentro, es decir un hidrolito ; un ágata verde que parece revelar en su corte transversal la silueta de un dinosaurio; ágatas con ojitos formados por pequeñas partículas de carbonato de calcio que reaccionaron químicamente en el momento de formarse a partir de una erupción volcánica; el antepasado ya petrificado de una ciruela; el ancestro de una palta con el carozo desprendido, pero perfectamente conservado en su interior; un jaspe cuya opacidad a la luz revela sus características más recónditas; un trozo de madera petrificada que tal vez fue contemporánea de los grandes reptiles del pasado; otro jaspe apodado surubilito por la particular textura de la superficie.

El destino en las gemas

Estos hallazgos se deben al ojo atento de Selva, durante años y años de explorar los yacimientos de piedras y cantos rodados, a su experiencia para escuchar -literalmente- el corazón de los minerales e interpretar su curioso lenguaje. "Fue así, sacudiendo una piedra al azar, como descubrí ese primer hidrolito que me hizo ver que mi destino estaba en estas gemas", cuenta la mujer mientras muestra su colección, y recuerda que durante mucho tiempo fue para sus vecinos "la loca que escuchaba las piedras".

Después del museo, la 4x4 con Charlie al volante pone rumbo a las orillas del río. Ahora es el momento de convertirse en exploradores y para eso desembarcamos sobre las montañas de canto rodado de descarte que dejó un lavadero de piedras para uso industrial, que se emplean en la fabricación del hormigón. Las demasiado grandes o demasiado pequeñas vienen a engrosar este pedregal capaz de revelar hermosos tesoros: aquí y allá van apareciendo sobre todo ágatas y jaspes pulidos por la acción incesante del agua, con interiores que no podemos ver, pero que se adivinan veteados y de preciosos colores.

Pasado de madera

De vez en cuando, una piedra revela que alguna vez fue madera, y otras muestran en su superficie irregular que hace millones de años probablemente fueron el fruto de alguna planta de la zona, o de río arriba arrastrada por las aguas...

El juego parece no tener fin y de hecho, el sol amenaza con esconderse en el horizonte cuando finalmente el improvisado grupo de exploradores -ya con varios conocimientos más en su haber que a la hora de la partida- se resigna a poner rumbo de nuevo hacia el centro de Colón. Es la hora de despedirse entonces de Charlie, que invita a volver a la ciudad para seguir descubriendo sus alrededores, sus islas y la navegación sobre el río, hasta que da por terminada la visita con unas palabras mágicas que cada uno se lleva en su recuerdo, junto con el puñado de piedras que más lo haya conquistado durante el camino.

Por Pierre Dumas
Para LA NACION

 

DATOS UTILES Cómo llegar

 

  • Colón está a 320 kilómetros de la Capital Federal. Hay que tomar el Acceso Norte por Escobar, Campana, puente Zárate-Brazo Largo, Autopista Mesopotámica y RN 14. Hay autovía hasta Gualeguaychú.
  • En micro se tarda unas cuatro horas y hay pasajes a partir de 66 pesos.

 

Dónde alojarse

 

Fuente: La Nación