El Palmar, ecos de anfibios en las noches de lluvia
 
 
 
 

 

 

COLON, Entre Ríos.- La ruta de acceso al parque El Palmar está vacía. La oscuridad satura la sabana, de aspecto africano. Apenas se advierte la silueta de unos árboles a la vera del camino. La brisa nocturna provoca el roce de las hojas de palma, sonido parecido a un barrido constante.

Todos los viajeros están en su campamento, mirando cómo las vizcachas salen de sus cuevas. Aún no se ha escurrido el agua de la lluvia del día. Quedan charcos de frescura en la noche calurosa. Al pisar el fino ripio anaranjado se siente como si se apretujara una pila de galletitas de agua.

Se ve poco y nada. La pradera y el pastizal que rodean las palmeras yatay (o yataí) son de una negrura impenetrable y están pobladas de reptiles y anfibios. Pero se escucha todo. Demasiada naturaleza para los oídos, acostumbrados a los ruidos de la ciudad.

Un puentecito sobre un diminuto arroyo, a unos 6 kilómetros del río Uruguay, es el sitio para la pausa. Un coro de criaturas desenfrenadas impide que El Palmar exhiba silencio y quietud. La melodía es afinada y corre penetrante por la superficie del agua de las tierras inundables del parque, que ocupan más espacio del que uno imagina.

Un universo de castañuelas de distinta intensidad suena multiplicado por miles. Salen de las pequeñas gargantas de los batracios que pueblan el bajo entrerriano. Se trata de ranas y sapos, pero la familia es muy numerosa como para que se los reduzca a sapos y ranas . Hay ranitas trepadoras, urneros, ranitas nadadoras, ranas criollas, sapos de panza amarilla y los proyectos de vida de todos ellos: los renacuajos.

Dicen que los anfibios adultos viven fuera del agua y que mueren si permanecen mucho tiempo en el medio acuático. Afirman de los renacuajos lo contrario: sólo viven dentro del agua y que mueren si se los deja en tierra seca.

En la incertidumbre lumínica de El Palmar parecen estar todos en el agua, chapoteando y cantando. Estirando su lengua para capturar insectos y larvas.

Quizá los ronde también la intención de agrandar la familia, entusiasmados por la lluvia de la tarde y el clima cálido. Para eso, los machos cantan para llamar a las hembras y comienzan un largo proceso de fecundación hasta que unos extensos collares de huevos negros se pegan a las hojas de las plantas acuáticas. Aunque hay especies que prefieren cargar la tira de huevos sobre sus espaldas o atarla a sus patas traseras para protegerlas. Todos pueblan conjuntamente los bajos entrerrianos, pero la relación de los anfibios con sus hijos varía según las especies. Afirman que hay padres que realmente se sacrifican por la vida de sus pequeños. Algunos protegen entre cinco y quince crías dentro de su saco vocal hasta que se desarrollan; otros, como las ranas herrero, construyen piletas de barro para que los hijos no corran peligro al nacer.

Las lluvias abundan en El Palmar, registrándose 1400 milímetros anuales. Cada vez que llega una, torrencial, la revolución de los anfibios tiene lugar. Hasta aquellos con características más terrestres buscan los charcos, arroyos y estanques naturales, por ejemplo, los que utilizan las cuevas de las vizcachas para vivir cuando éstas las abandonan.

Por la fortaleza del canto de los anfibios ya casi no queda duda acerca de la superficie que ocupan los ambientes acuáticos en este rincón mesopotámico. Igualmente, los herpetólogos -especialistas en anfibios y reptiles- comentan que no todos los batracios prefieren la humedad. Cuentan que Darwin encontró una vez un pequeño sapito llamado panza roja o bandera española bajo los cálidos rayos del sol y creyendo que estaría asfixiándose lo lanzó al agua para que se humedeciera. Luego, el propio naturalista inglés debió rescatarlo para que no se ahogara.

La luna sale y el canto se torna infatigable, con un efecto ensordecedor que no es comparable con ningún otro sonido dentro del parque. Las inflorescencias de las palmeras yataí cobran brillo, al igual que los pajonales y pastizales que resguardan la vida de los animales.

El canto es principalmente de amor, aunque la conquista de la dama no es la única función. Chillidos, golpeteos, silbidos, lloriqueos, chiflidos y un tendal de sonidos sofisticados invaden los bajos de la sabana.

Se potencian con las lluvias y cada vez que el termómetro supera la barrera del calor, la filarmónica de los batracios invade con su melodía las mágicas noches de El Palmar.

Andrés Pérez Moreno

Despacio y en silencio

El Parque Nacional El Palmar está sobre la ruta nacional 14, entre las ciudades de Colón y Concordia. Desde la Capital Federal son 365 kilómetros y la localidad más cercana es Ubajay. El parque cuenta con servicio de proveeduría, restaurante y un camping organizado.

Tiene un centro de interpretación y varios paseos posibles para recorrer a pie o en bicicleta, como el arroyo El Palmar, La Glorieta, el arroyo Los Loros, el puesto de Prefectura sobre el río Uruguay, las ruinas históricas de la calera de Barquin, la destilería y la Casa de Piedra.

El parque es excelente para la observación de la avifauna por la densidad de la población animal. Para eso es conveniente alejarse un poco de la zona del camping, que concentra demasiados ruidos, si bien algunos animales se acercan hasta allí, como los lagartos, las vizcachas y ciertas aves.

Los fines de semana largos suelen llegar muchos campamentistas, por lo que es mejor visitar El Palmar en otra oportunidad.
 

La Nación, 25-09-98