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De colonos y ríos

Colón, San José y Liebig son las tres puntas de un triángulo de ciudades y pueblos que, a orillas del Uruguay, recuerdan las epopeyas de los primeros colonos. Hoy invitan a un paseo tranquilo por tierras de naturaleza e historia.

Por Graciela Cutuli

Colón, que hoy es una de las capitales turísticas entrerrianas gracias a las termas y su cercanía con El Palmar y el Palacio San José, dos de los lugares más visitados de la provincia, fue en sus orígenes el puerto de la Colonia Agrícola de San José, una de las colonias fundadas por inmigrantes suizos en el Nuevo Mundo, en busca de espacio y nuevos horizontes.

Antiguamente conocida como “Calera Espiro”2, fue el puerto de desembarque de los franceses, suizos, piamonteses y saboyanos que arribaron a mediados del siglo XIX para instalarse en la vecina San José, colonia surgida por iniciativa del General Urquiza. Con el tiempo, Colón crecería hasta convertirse en el más importante de ambos asentamientos. Y aunque hoy es una ciudad tranquila, extendida a orillas del río Uruguay y entre los arroyos de La Leche y Artalaz, no ha olvidado sus orígenes. Lo revelan las calles, lo confirma el nombre de muchos habitantes, y lo evocan algunos testimonios arquitectónicos de los alrededores. En esta época del año, cuando vuelven a encenderse los infinitos verdes que el río pone en las ciudades que crecen a sus orillas, Colón invita a volver a pasear por su costanera, a darse un baño en las termas, a recorrer los senderos del Palmar. A pocos kilómetros, San José se enorgullece de su Museo Histórico, y también el pequeño Pueblo Liebig, aunque de distintos orígenes, completa este circuito entrerriano que, apenas cruzados los puentes sobre el río Uruguay, adquiere chapa de internacional.

A orillas del río

En Colón la vida cobra animación al atardecer, en los alrededores de la céntrica Plaza Washington, que sin duda revela originalidad frente a tantos espacios verdes de la Argentina dedicados a próceres locales. Allí se concentran algunos edificios públicos y la Iglesia de los Santos Justo y Pastor, sobre la calle 12 de Abril, que en su recorrido hacia el río reúne cafés, negocios y centros artesanales. Al llegar a la costanera, con balcones y escaleras, se divisa el río, el verdadero dueño del paisaje de Colón. Junto al puerto, donde flamean las banderas de los países de donde eran oriundos los primeros colonos, se levanta con un marco de palmeras el bello edificio de la Secretaría de Turismo. Y si se sigue por la costanera hacia el sur, espera al viajero el parque Quirós, verdadero mirador hacia el río matizado de palmeras, jardines, fuentes y escalinatas. Lindo lugar para descansar y enterarse de uno de los más importantes aportes de Colón a nuestra historia: fue aquí donde, después de las primeras elecciones municipales realizadas en 1873, las autoridades locales decidieron anotar ordenadamente los nacimientos, muertes y casamientos. Fue “el Civil”, el primer Registro Civil del país.

A medida que Colón fue creciendo reemplazó el desarrollo agrícola por la consolidación como una ciudad de servicios turísticos. Las termas contribuyeron en buena medida: las aguas tienen propiedades beneficiosas por la presencia de sodio, cloruro, potasio y fosfato. Para los entendidos, son “mesotermales bicarbonatadas sódicas” y se aplican en tratamientos osteomioarticulares, respiratorios y antiestrés. Dado que las aguas surgen a altas temperaturas, la media estación es ideal para los baños termales. Y ya que se trata de agua, los balnearios sobre el río, con sus playas de arenas blancas, también invitan al relax y a los paseos en catamarán junto a las orillas y entre las islas del Uruguay.

Colonia San Jose

Los colonos europeos que llegaron a este lugar tenían Corrientes como primer destino, pero los habituales vaivenes de la organización argentina terminaron por depositarlos en unas 13 mil hectáreas de lo que hoy es el departamento de Colón. El primer asentamiento se llamó sencillamente “La Place”, hasta que la construcción de la Iglesia de San José –cuando ya había decenas de casas, comisaría, correo, escuelas, negocios y hasta un club industrial– terminó de darle nombre al pueblo. Esta historia se recorre, a través de objetos de los inmigrantes y sus recuerdos, en el Museo Histórico Regional, situado frente a la plaza principal. Todos los años, la Fiesta Provincial de la Colonización revive las tradiciones, músicas y trajes típicos de aquellos primeros colonos. Tiempos antiguos, cuando el castellano aún sonaba aquí como una lengua extraña –por su origen, la lengua difundida entre los primeros habitantes era el francés– y los esforzados habitantes desarrollaban las tareas agrícolas para pagar la compra de las tierras entregadas por el general Urquiza.

En los alrededores de San José, varios puestos y hasta un minúsculo museo invitan a conocer las artesanías realizadas con las piedras semipreciosas que los lugareños encuentran a orillas del río Uruguay. Lo más llamativo, sin duda, son los frutos fosilizados: caídos de los árboles y convertidos en piedra, aún se pueden apreciar las formas de la pulpa y la corteza.

Saliendo de San José, a muy pocos kilómetros (por un camino mejorado) se encuentra el Molino Forclaz, prácticamente situado en la encrucijada de la antigua ruta que unía Colón y San José. Juan Bautista Forclaz era de origen suizo y –bien habituado al sistema europeo de molienda– comenzó la construcción de este molino en torno de 1887. Hoy se levanta en medio de un parque donde se desparraman los perfumes de las flores, y sus paredes de piedra mora se encuentran bien conservadas. Al menos de afuera, ya que de adentro se advierte el deterioro del tiempo, pese a la restauración realizada hace algunos años. El molino, que por la falta de vientos nunca pudo funcionar realmente para los fines con que fue pensado, hoy sigue en manos de la familia y fue declarado Monumento Histórico Nacional.

Pueblo Liebig

En este recorrido por las huellas de los pioneros, el siguiente alto es en Pueblo Liebig. Apenas unos mil habitantes, casas bajas, y también el recuerdos de tiempos mejores que flotan en el aire dan la bienvenida al viajero. Este lugar tuvo orígenes diferentes a las colonias de suizos y franceses: Pueblo Liebig nació cuando el primitivo establecimiento ganadero que había en el lugar fue transformado en un saladero, donde se elaboraban desde cueros, carnes y huesos hasta velas y jabones. El siguiente paso fue la instalación de la compañía inglesa Liebig’s Extract of Meat, que elaboraba extracto de carne y luego montaron un frigorífico. Sin duda Liebig es un ejemplo impecable de arquitectura industrial: junto a la fábrica creció el pueblo, junto al pueblo crecieron los negocios, y junto a los negocios también se levantó el edificio donde se alojaban los directivos del frigorífico y los visitantes ilustres. Sobre todo, el príncipe de Gales, durante su visita en los años ‘20. Pueblo Liebig tiene probablemente el más raro de los monumentos de la Argentina: una lata gigante de corned beef instalada en la plaza principal, homenaje al producto que fue su razón de ser durante décadas.

Palmeras y palacios

La visita a Colón está siempre unida a la del Palmar, el Parque Nacional más próximo, creado sobre más de 8 mil hectáreas para la protección de la palmera yatay. Poco a poco, entre las ondulaciones del paisaje, van apareciendo más y más palmeras: cuando son tantas que ya no se ve otra cosa a los márgenes del camino, sabemos que estamos próximos a la entrada del Parque, al que se ingresa por un Centro de Visitantes donde se brindan las primeras informaciones y consejos para el recorrido. Recorriendo rojizos caminos ondulados, que contrastan con el verde perenne de las palmeras –son miles y miles, de gran altura, estiradas como para alcanzar el cielo–, es posible ir avistando aves y zorros, tan acostumbrados a la presencia humana que pueden quedarse largos minutos, inmóviles, en mutua contemplación con las personas. Dentro del Parque Nacional se encuentran las ruinas de la Calera de Barquin, construidas por un enviado del virrey Cevallos a fines del siglo XVIII. Había de hecho varias caleras en la región –también quedan restos de otras más cerca de Colón– que abastecían a Montevideo y Buenos Aires.

Además de palmeras, una visita exhaustiva permite descubrir que en estas hectáreas también hay porciones de selva en galería, y bajos donde florece la vegetación acuática. El Palmar es una suerte de “paraíso del fotógrafo”, ya que además de los clásicos paisajes de las palmeras recortadas contra la puesta de sol, es posible avistar carpinchos, cigüeñas, águilas y los huidizos picaflores.

Finalmente, dejando atrás Colón, cerca de Concepción del Uruguay, hay que desviarse para conocer uno de los monumentos históricos más sorprendentes de Entre Ríos, el imponente Palacio San José que hiciera construir Urquiza (y donde fue asesinado, en 1870). Es poco común que en la Argentina se conserven los monumentos históricos como en este caso, así que la visita cobra doble valor. El palacio tiene 38 habitaciones, articuladas en torno de dos patios, con un típico aire entre colonial e italianizante dominado por las dos torres miradores de la fachada principal. La visita lleva fácilmente medio día, si se quiere recorrer cada habitación, los jardines y el lago artificial que se encuentra detrás del conjunto. Por allí navegaba Urquiza, en un barco a vapor expresamente construido... un dato más entre los tantos que sorprenden del palacio, verdadera obra de vanguardia para su época, y sin duda en fuerte contraste con las regiones rurales de los alrededores. No muy lejos, el Palacio Santa Cándida, también levantado por Urquiza, funciona hoy como una exclusiva estancia para turismo.

DATOS UTILES

 

Página12, 17-09-06