ENTRE RIOS > ESCAPADA A COLON

El abrazo de las aguas

Aguas anchas de un río para disfrutar; aguas termales para olvidar el frío del invierno; un paisaje de palmeras surcado de arroyos, ideal para recorrer a caballo o en canoa. Todo en Colón, a orillas del Uruguay.

Por Graciela Cutuli

Entre Ríos es una provincia abrazada por las aguas. Sobre la margen este, a orillas del caudaloso río Uruguay, la ciudad de Colón se extiende sobre diez kilómetros de playas arenosas, delimitadas al norte por el arroyo Artalaz, y al sur por el arroyo de la Leche. En el centro, el puerto local divide las playas del norte y del sur, y sobre todo recuerda que a estas orillas llegaron los colonos europeos –suizos, piamonteses y franceses– que poblaron esta porción de Entre Ríos en el siglo XIX. Hoy día, Colón es el punto de partida de un circuito que recuerda su paso por la región, pero también el lugar ideal para explorar las aguas del río Uruguay y el cercano Palmar: destino clásico del verano para disfrutar de las playas del río, cuando todo es bullicio y muchedumbre, en invierno el clima temperado invita a adentrarse en la naturaleza expansiva y generosa con una mirada más reposada e interpretativa.

TODOS A BORDO Partiendo del puerto de Colón, se pueden tomar catamaranes que realizan un circuito por el río, o elegir una opción más aventurera para navegar en gomón cruzando el brazo principal, que es el límite internacional entre la Argentina y Uruguay: esta parte del río, la más honda, es el canal divisorio y en este caso pasa más cerca de la costa colonense, de modo que las islas San Francisco y Queguay Grande, visibles desde la ciudad, pertenecen al país vecino. Bastan unos pocos minutos desde la salida del gomón para que de pronto la ciudad quede atrás y se imponga la naturaleza virgen entre una orilla y otra del río, que aquí alcanza los dos kilómetros de extensión: estas islas –la Queguay grande, que en lengua guaraní significa “el río de donde provienen los ensueños”, y la San Francisco– están deshabitadas, ya que al igual que las costas son inundables y no pueden ser utilizadas para la agricultura. “El fondo es muy bajo –señala Pablo, el guía del grupo, a medida que la embarcación avanza sobre el agua planchada bajo un cálido sol invernal–, aquí el Uruguay tiene una profundidad máxima de dos metros, y sólo pueden pasar por el brazo principal chatas areneras y otras embarcaciones de muy bajo calado.” Cuando el río baja, se puede pasar prácticamente a pie... y cuando sube, la fauna de las islas, donde viven unas 30 especies de mamíferos, simplemente nadan para ponerse a salvo sobre las partes no inundables de la costa uruguaya.

Unos pocos minutos más, y todo el grupo desembarca junto con Pablo y Charlie, el segundo guía, en las playas solitarias de un banco de arena que merece su apodo de “Caribe entrerriano”. Sol, palmeras y arena blanca dibujan un paisaje de postal, a un paso de una auténtica selva: la que nace en estas orillas gracias a las semillas arrastradas desde Brasil y Misiones por el río Uruguay. En las islas las semillas encuentran terreno fértil y brotan formando una espesa selva en galería que es continuación de la selva misionera. Este mismo banco de arena –apuntan los guías– es el lento comienzo de una nueva isla selvática que se irá formando con el paso de los años. Mientras algunos se dispersan, caminando entre una punta y otra del banco con cuidado de no acercarse al sector donde anidan las aves, Pablo despliega un mapa satelital: “Observen la diferencia entre las costas y las islas: de un lado se ven Colón, San José, la RN 14, plantaciones de eucaliptus y pinos, un paisaje transformado por el hombre. Sólo estos lugares donde estamos parados permanecieron vírgenes, y así quisiéramos conservarlos, a través del proyecto de un parque binacional que proteja 70 kilómetros de islas y costas inundables desde El Palmar hasta el sur de Paysandú”.

El segundo desembarco de la tarde es en la isla San Francisco, sobre una playita pequeña que enseguida se hunde en la oscuridad de la selva. Por un sendero angosto se avanza en fila india, sorteando lianas gruesas como un brazo y descubriendo con asombro las marcas de la creciente que el año pasado prácticamente tapó las islas bajo un manto de agua. Paso a paso la selva se hace más espesa, y mientras los más chicos juegan a Tarzán, los más grandes prestan atención a la mayor oscuridad y al frío que provoca el “techo” de la selva sobre sus cabezas, un protector natural de las especies procedentes del norte que prosperan en las islas entrerrianas. Entre ellas el “mataojo”, una planta cuyas hojas se queman para funcionar como “cortina de humo” natural contra los mosquitos (por cierto abundantes en tiempos de calor). Después de la caminata bajo el manto vegetal, es hora de volver a la playa, a embarcar con destino al puerto de Colón, donde los últimos rayos del sol vespertino invitan a hacer un alto gourmet en el Sótano de los Quesos, uno de los lugares más tradicionales de la ciudad para probar una picada a base de productos regionales, desde los quesos saborizados y los embutidos hasta las exquisitas nueces de pecan, que se cultivan en una finca de 50 hectáreas de la vecina San José.

A ORILLAS DEL PALMAR Los días fríos del invierno invitan a sumergirse en las aguas cálidas de las termas que brotan en el corredor del río Uruguay: Colón tiene las suyas, con diez piletas cubiertas y descubiertas, y también se pueden visitar las de Villa Elisa, con aguas saladas de hasta 40 grados, y las de San José, un complejo pequeño y moderno con piletas de entre 36 y 40 grados, que incluyen piscinas cubiertas con hidromasajes.

De la acuática calidez se vuelve renovado, y con energías para emprender la visita al refugio de vida silvestre La Aurora del Palmar, que sobre 1300 hectáreas conserva 200 hectáreas de palmares yatay: prácticamente la última superficie importante de palmeras fuera del Parque Nacional. De la mano de guías especializados, se pueden realizar aquí safaris en 4x4 y trekking al Palmar, cabalgatas, avistaje de aves, caminatas interpretativas y paseos en canoas, en grupos pequeños que favorecen una mirada comprensiva de la naturaleza.

La cabalgata, que parte después del mediodía y dura alrededor de dos horas, es un paseo tranquilo y al paso, con caballos muy mansos donde hasta los más chicos se sienten seguros y aprenden los rudimentos del manejo de los animales. Después de cruzar un naranjal, en esta época del año cargado de frutos –tentación para los caballos, que enseguida se distraen para comer si el jinete se descuida– se pasa una tranquera y se divisa, a lo lejos, el bosque de palmeras. Siempre al mismo ritmo tranquilo, se llega hasta el corazón del palmar, luego de haber cruzado un arroyo poblado de aves que es “la prueba de fuego” del día. La meta final es una loma sobre la cual el guía hace subir a cada familia con sus caballos para sacarse una foto de recuerdo, con los penachos de las palmeras como telón de fondo.

A la vuelta –si hay ganas– es posible también sumarse a la propuesta de remar en canoa por las aguas del arroyo El Palmar, que surca la reserva. Divididos por familias, y acompañados por los guías que enseñan los secretos del manejo de las palas, las canoas van poniendo proa corriente arriba, entre aguas mansas sobre las cuales desborda la selva en galería. De vez en cuando, alguna falta de coordinación en los remeros principiantes lleva las canoas a incrustarse contra la vegetación de la orilla, pero bastan un par de paladas hábiles para volver al centro del arroyo, acompañados por el canto de pájaros ocultos en la espesura. Los ojos atentos descubren poco a poco que la soledad es sólo una apariencia: desde la orilla miran los ojos atentos de algún carpincho, mientras las tortugas de agua observan con curiosidad y sin temor el paso de las canoas, y con un poco de suerte tal vez se aviste también algún lobito de río. A medida que pasan las embarcaciones, las garzas levantan vuelo, y su aleteo se escucha nítido cuando los guías proponen a los participantes treinta segundos de silencio para escuchar los sonidos de la naturaleza... la vuelta, arroyo abajo, se hace un poco más fácil para los brazos cansados, hasta que con un último esfuerzo devuelven a los navegantes a la orilla. Otra vez se cruza entonces un camino selvático y el bosque de palmeras para regresar al punto de partida, donde el grupo se dispersa y organiza también sus excursiones y caminatas para otros días. Los demás regresan a sus hoteles o cabañas, tal vez para una nueva visita a las termas, para un paseo en bicicleta o para emprender un circuito que lleve por el rico patrimonio histórico de la región: el Molino Forclaz, el casco antiguo de Colón, el Museo Histórico Regional de San José o las casitas estilo inglés de Pueblo Liebig. Lugares de un corto viaje en el tiempo, que completan la fascinante experiencia natural a orillas del río Uruguay.

PIEDRAS SEMIPRECIOSAS

En la ruta que une Colón con San José, un cartel indica el desvío hacia el reservorio de piedras semipreciosas de la artesana Selva Gayol. Un museo pequeño pero muy interesante exhibe piedras de todas partes del país, mientras en el exterior se pueden apreciar troncos petrificados, ágatas y otras piedras. La artesana está siempre dispuesta a explicar las propiedades energéticas de las distintas variedades, y a mostrar sus mejores piezas a los visitantes.

Página 12 - Suplemento Turismo - 02 de agosto de 2009