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Editorial:
El trabajo .
El trabajo es una ley impuesta a la
humanidad de que nadie por sí mismo
puede eximirse.
La ley del trabajo se extiende al varón
y a la mujer, al pobre y al rico, al
niño y al adulto. Todos deben trabajar.
Pero es necesario formarse una idea
cabal de lo que es él, el trabajo.
Hay trabajo corporal, y hay trabajo
mental. Se trabaja con los brazos y se
trabaja con el pensamiento.
No todos han de trabajar corporalmente,
ni todos mentalmente: el orden de la
sociedad exige que alguno de sus
miembros adopten una clase de trabajo, y
otros, otra.
Hace falta el labrador que cultiva la
tierra y todos los que poseen algún
arte, oficio u ocupación cualquiera,
como hace falta el abogado para defender
la justicia, el médico para atender los
enfermos.
Todos trabajan en la esfera de acción en
que la Providencia los ha colocado.
Creer que sólo es trabajo cultivar la
tierra con la azada u otras obras
puramente materiales es un error.
Nadie hay tan inútil en la sociedad, si
se exceptúan casos muy raros, que no
puedan trabajar en algo, sean cuales
fueran sus aptitudes y los defectos
físicos de que pueda adolecer.
Si muchos viven en la ociosidad no es
porque estrictamente les falta trabajo o
no pueden trabajar, es porque no quieren
hacer sino aquello que no es de su
agrado.
Los que así se conducen van fomentando
poco a poco el vicio de la ociosidad
hasta hacerse aquellos un suplicio.
¿Cuántos males no se originan de aquí?
La ociosidad es la que arrastra a la
perdición a tantos jóvenes incautos,
víctimas de aspiraciones que no pueden
satisfacer sin el trabajo, del que
huyen.
La ociosidad es la que extravía el
entendimiento, pervierte el corazón, da
origen a malignos instintos, y revuelca
en la miseria al hombre.
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