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Editorial:
Histórico.
El general Sarmiento se hacía notar por
su generosidad. Uno de sus amigos
acostumbraba enviarle a menudo regalos,
consistentes principalmente en
comestibles selectos.
El que llevaba esos regalos era siempre
el mismo sirviente, quien descontento en
que no le hubiera dado jamás una
propina, no usaba con el de muy buenas
maneras.
Un día que llevó una canasta
conteniendo perdices, Sarmiento se
propuso darle una lección que le
sirviera de una vez por todas.
-Vea mi amigo, le dijo, le voy a enseñar
a desempeñar su comisión algo más
urbanamente. Déme el canasto y póngase
usted aquí, supongamos que usted es
Sarmiento y yo soy Ud.
En seguida retrocedió hasta la puerta,
avanzó el nuevo y, quitándose
cortésmente el sombrero dijo:
- Señor General mi amo os envía este
pequeño obsequio y espera que le haréis
el honor de aceptarlo.
- Ah! Muy bien mi amigo, contestó el
sirviente, desempeñando su papel. Diga
Ud. a su amo que le quedo muy grato… y
tome usted esta moneda para beber a mi
salud.
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