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LA GRANJA DE LOS ABUELOS
Resonante de voces
entrañables y reflejos que aceleran los
latidos, penetrando en el alma, la
granja de los abuelos está ahí dejando
escapar remolinos de imágenes en un casi
delirio callado, pero palpitante.
No es fácil ensayar la
aventura de su descripción con palabras:
¿Cómo se define un sentir profundo,
irremediablemente incorporado?; ¿cómo
trasmutar la esperanza, la virtud? Tanto
cielo derramado, el olor a campo, con
transparente rocío demorado y, entre
ambos, libres, los pájaros que creando
nuevos acentos nos inducen a volar.
¿Cómo describir la luz o la sombra de un
sentimiento?; ¿la esencia del dolor, el
amor inocente, la energía vital de los
nuevos racimos, de la espiga; casi el
soplo primigenio de la vida?
El traslado en el tiempo
para sentir el pasado ahora, implica la
incorporación a aquella vida que se pone
en marcha retomando el lenguaje
campesino recibido de los ancestros y
los sueños que siguieron guardando en el
silencio del corazón, en busca de una
nueva dimensión humana.
Buscando no fracturar la
órbita de este comienzo, trataré de
arrancar lo que, sin lápiz, tengo
escrito en mi ser.
A 4 Km. de San José,
siguiendo la calle Sarmiento que se
prolonga en la avenida de acceso con el
nombre del primer médico del lugar, está
lo que, para mí, será siempre «la granja
de los abuelos».
Justo al llegar a la
Calle Ancha, termina la concesión donde,
encadenados a la tierra para desafiar al
mundo, plantaron en las postrimerías del
siglo XIX sus esperanzas. La cuchilla
les cedió su cima y en ella se
instalaron con su hogar rural.
Él era Jean, «Juan el
bueno», primogénito de la bisabuela
Catherine, la que, a los 6 años,
arribara en 1857; y, por línea paterna,
nieto del médico pionero de la región,
J. J. Bastian.
Ella era Adelina Melanie
Moix cuyos antepasados, originarios de
Saint Martin, Suiza, también estaban
entre los fundadores de la Colonia San
José.
CON UNA MIRADA DE IDA Y
VUELTA
Al conocerse, un
escalofrío los conmovió y Juan creyó
encontrar en ella a una deidad virgen
singular unida a la fuerza, decisión y
confianza en sí misma que complementaban
su carácter y, por añadidura, con una
parcela de tierra en la zona de Perucho
Verna, esperando sumarse a las de la
Calle Ancha. Adelina vio en él a alguien
transparente, con riqueza interior y una
sensibilidad armoniosa, pero precipitada
en el viento, buscando un amor que las
descubra y las contenga: «un buen
partido».
Con una mirada de ida y
vuelta se dijeron casi todo y las
familias, marginadas del amor naciente,
racionalizándolo sin prisa, concluyeron
en un amén que fecundó a la pareja,
haciéndola nupcial.
Y fue la fiesta de
casamiento en casa de la novia, con
todas sus dependencias habilitadas.
Según lo manda la tradición, familiares
y amigos se acercaron con su calidez y
curiosidad. Con los alambiques
funcionando a pleno y los toneles con
canilla libre fueron tres días de
encuentro, de bailes no exentos de
pasiones contenidas, de canciones,
hundidos en la risa fácil, de utopías
desde el alma, de corazones iluminados
por el buen humor, en un compartir que
parecía ajeno a los mecanismos de
relojería.
Establecidos después en
el nuevo hogar, decidieron transformarlo
en anfitrión de la vida.
Y comenzaron a escribir
su propio poema, con las manos, con los
brazos y con el fervor imparable de un
empuje guardado intacto, que les llega
de siglos.
Se estremeció la tierra
cuando, con el amor en las mochilas,
llegaron los hijos, cada uno portando su
propia estrella. Fueron siete y una más
acercada por la Providencia, apenas
nacida. Con ellos, creyeron fundirse en
una aurora luminosa, desprendida de su
campo y de la casa.
A fines del siglo XIX
comenzaron a dibujar así su granja en un
silencio de a dos, como un secreto
compartido, apartándola de soledades,
volviendo al vacío fecundo, fértil,
animado.
A este mundo ya creado y
transpirado, lo viví por los años
treinta con ojos de niño y después como
adolescente en un ahora infinito, sin
preguntarme si aquella granja había
existido ayer, si existiría mañana.
Escuché en ella todos los
sonidos, y viví experiencias de gozo que
fluía desde la naturaleza y, también ,
el dolor de mi madre. Proyectadas en
aquella pantalla, las personas y las
cosas van y vienen, pero la granja
parece permanente, sostenida por una
energía inmaterial, indestructible.
La casa estaba plantada
en una concesión de 28 hectáreas. Hacia
el este, cruzando un camino vecinal que
conducía a la granja de los Vulliez, se
prolongaba en otra concesión algo más
pequeña que era identificada con el
nombre de «la tapera» y, al oeste,
después de la Calle Ancha, otro retazo
de tierra lindaba con la propiedad de la
familia Cot.
Enfrente, después de la
ruta y subiendo la colina, al norte,
vivían los Bondaz, a quienes Ricardo
Challier había hecho suegros, sumando
sus brazos para realizar esperanzas.
Al sur, los Woeffray y al
sudoeste Irineo Bastian, el hijo mayor,
casado con Sara Morel. Éstos eran los
vecinos.
Siguiendo por la Calle
Ancha hacia el norte, acariciadas por
las miradas del arroyo Perucho Verna,
eran las tierras que sus ancestros le
habían legado a la abuela Adelina, donde
el «medianero» Luis Martin, compartiendo
utilidades agropecuarias, se
responsabilizaba de las lecheras que,
con sus hijos ya crecidos, eran enviadas
por escasez de pastos o para invernar.
La concesión de la Calle
Ancha estaba dividida en parcelas : en
la mitad que bordeaba la ruta pastaba el
ganado vacuno y caballar y hacían en la
túnica verde sus nidos los teru-teru; en
la otra mitad se levantaba la casa en
cuyo frente se podía advertir un signo
de territoriedad: JB. Al ingresar por el
zaguán estilo pueblerino –casi exclusivo
en la Colonia– a la izquierda, una
puerta descubría el dormitorio de Juan y
Adelina: cama de dos plazas con
alfombras tejidas de cada lado,
mosquitero, sillón Thonet, reloj antiguo
de pared, ropero, un baúl en cuyo borde
reclinaba sus rodillas la abuela para
dirigir las oraciones previas al
desayuno y al descanso, uno de los
ángulos de la habitación con una pequeña
capilla y, en el suelo, un cuero de
oveja, con lana blanca donde, los
domingos, yo simulaba dormir la siesta.
Allí descansaba la abuela –pañuelo
blanco mojado en la frente– acunada por
los ronquidos del abuelo.
VIGILADOS DESDE LAS
FOTOGRAFÍAS
Otras habitaciones
estaban destinadas también a dormitorios
y al vestíbulo donde, durante la semana,
se leía el misal, el Boletín
Parroquial, El Entre Ríos y
El Pueblo de Buenos Aires y al
que, los domingos, se adicionaba una
mesa y sillas extras, capaces de
contener entre siete y nueve aficionados
a «la burra», juego que se practicaba «a
30 ctvs. la dada», «para pasar el rato»;
otra dependencia, la más amplia, era el
comedor con una mesa interminable en el
centro y la frescura de las multicolores
dalias sobre el piano; en él
transcurrían los noviazgos de las hijas
–vigilados desde las fotografías por
los bisabuelos Moix– hasta la hora del
té, en que en torno a un mismo mantel
cordial se reunían los habitués a
la burra y los novios mientras, con un
toque de estudiada coquetería y
sirviendo a los comensales té con leche,
las damas aprovechaban para ostentar
sus habilidades reposteriles: pasteles,
tortas, masitas, bizcochuelos nacidos de
receta propia, dulces diversos y manteca
de la granja para el pan tostado que
–de acuerdo a la consigna previa– era
por donde debíamos comenzar los chicos.
A continuación de un
espacio reducido que hacía de office
era la gran cocina en la que se
almorzaba durante la semana: le grand
papá (el abuelo) –como nombraba él
mismo la bolilla 90 cuando «cantaba» la
lotería– a la cabecera de la mesa, la
abuela Adelina a la izquierda y la hija
mayor a la derecha, después se ubicaban
los demás de acuerdo con lo que el
sentido común aconsejaba. El abuelo Juan
iniciaba el almuerzo tomando un «pan
colon» virgen y, dibujando
invariablemente con la punta de su
cuchillo una cruz simbólica en la parte
posterior, consultaba sobre los que lo
apetecían para repartir las rebanadas.
Después, se servía el vino. Eran
austeros en su forma de vida pero eso no
regía para la comida: después del
fiambre (con productos de las
«carneadas») era la sopa y el puchero
diario que incluía la deliciosa carne
salada, chorizos y todas las legumbres
arrancadas a la huerta cada día; luego
otro plato que, como ejemplo, podía ser
milanesa con croquetas, el postre y la
fruta de estación que, en abundancia,
proveía la quinta. La abuela se sentía
feliz viéndome comer y, para mí, cada
almuerzo era como un banquete de
príncipe.
EL ESPÍRITU DE LA
NATURALEZA
Concluida la comida y
después de ayudar a secar los platos
(todos, indefectiblemente, debían
ocuparse de algo, sin que nadie lo
pidiera), mientras los demás«hacían la
siesta», me deslizaba desde mi cuero de
oveja en el piso, esquivando los
ronquidos del abuelo y, transmigrado en
reptil, atravesaba la ante-cocina, la
cocina y, suplicándole a la puerta que
me diera paso en silencio, llegaba a la
libertad tan preciada, iluminada por el
sol. Desde ahí corría a la quinta y,
subido a los durazneros, ciruelos,
moreras o mandarinos, entre fruta y
fruta, me sentía el producto de la
fuerza de la naturaleza y de su
espíritu.
La casa se prolongaba
hacia el este con un parral que la
abuela soñadora de futuros –aunque
viviendo intensamente cada ahora– había
dado a luz y que lo renovaba y
completaba sin pausa.
Un molino de viento,
incansable, junto a una pileta de agua
inmóvil donde bebían los animales y
susurraban pájaros, proveía el agua
corriente a la cocina y al baño.
Atrás de la casa, era la
huerta: convivían en ella todas las
variedades de hortalizas y verduras
conocidas y algunas que, aún, no
figuraban en el diccionario: menos las
calabazas, papas y zapallos que eran
traídos de la chacra pero sí tenían un
lugar los robustos repollos: durante un
tiempo en que se comienza a perturbar
con preguntas al estado de inocencia
feliz de la mente, me enteré que había
nacido atrás de uno de aquellos
repollos: «nos levantamos y estabas ahí,
agachadito...»
Una palmera yatay, una
planta de laurel, y un tablón de dalias
que había llegado desbordado del jardín
rompían la monotonía de los vegetales
menores y de las plantas aromáticas,
destinadas a perfumar el puchero diario.
Más cerca de la casa, un anciano níspero
protegía a la abuela Adelina del calor
solar cuando, en soledad, tal vez
recordando alguna «mano de burra»,
vigilaba el asado de un cordero de la
granja al que le había llegado el turno
y que se asaba lentamente en el brasero.
Vecino al árbol de nísperos, un gran
depósito estaba destinado a recoger el
agua de lluvia con la que, después, se
trataría alguna planta enferma, un
sarmiento que se demoraba en crecer o
algún arbolito de camelias privilegiado
y, por supuesto, para hacer sonreír al
cabello femenino.
A continuación de la
huerta una porción de terreno con
alfalfa tenía como destino nutrir con su
verde a «las coloradas», una selección
de gallinas Rhode-Islan-Red con
gallinero especial, destinadas a cubrir
el consumo doméstico de carne y proveer
huevos para empollar. También esperaban
por la mañana apenas amanecida, su
ración verde aún con rocío, los canarios
con sus crías que desde una gran
pajarera made in casa, dividida
en cuatro sectores, saludaban cada día
con sus arrullos confundidos.
Después de las
«coloradas» estaba el solar de los
conejos: multicolores, mansos,
desentendidos del palomar instalado
sobre los techos de su sector. Un poco
más allá, en el corral de los patos
convivían en armonía los amarronados
pequineses con los criollos color sombra
y los de otros orígenes, al parecer
poniendo en práctica, a su nivel,
aquello de que «Hay una sola raza, la
raza de la humanidad». En el frente de
la casa, orientada hacia el norte,
estaba dibujado el jardín; como todo lo
demás, producto de los brazos y de la
imaginación de quienes vivían en la
granja. Antes del desayuno, mientras el
abuelo Juan y su equipo participaban del
ordeñe de las vacas lecheras en el
tambo, la abuela Adelina con el suyo
trabajaba en el jardín. Salvo alguien
que permanecía en la cocina, los demás,
mujeres y hombres, sin jerarquía, de un
modo u otro estaban involucrados en
mejorar los bordes de los canteros,
traer y llevar la carretilla, carpir,
remover la tierra, plantar, extirpar el
pasto de los caminos y enarenarlos,
podar, recoger flores o cebar mate que
era, cuando estaba en «la colonia», mi
responsabilidad.
Todas las variedades de
jazmines, todas las rosas, decenas de
camelias, junquillos, las tímidas
violetas, crisantemos, azucenas, lirios,
las corpulentas hortensias, margaritas y
sus variantes, se habían dado cita allí.
Ninguna escapaba de aquel encuentro en
el jardín de la granja de los Bastian de
la Calle Ancha, en la primera mitad del
siglo XX.
Las parcelas tenían
diversas formas y su contorno estaba
sostenido por plantas especiales o
césped.
Compañero de ruta del
tejido que rodeaba la casa –por cientos
de metros–, ladrillos de canto
anunciaban el límite de otro cantero
donde convivían –inseparables– rosales,
enredaderas, jazmines en todas sus
versiones, las «Santa Rita» de múltiples
colores y una extraordinaria diversidad
de plantas.
Se destacaban en el
jardín las camelias florecidas: blancas
con pintas rojas, moradas, con colores
purísimos, o de un blanco inmaculado;
los años les habían dado categoría de
estudiantes para árboles. La abuela
mantenía un vivero singular para las
camelias, tanto, como sencillo:
consistía en latas que habían quedado
como descarte del transporte de
combustible; les agujereaba el fondo y
colocaba tierra hasta la mitad;
manteniéndola húmeda, plantaba los gajos
«con nudo» y las tapaba con un vidrio;
cuando las raíces hacían eclosión y se
estaba en los umbrales de una nueva
planta que se anunciaba con la aparición
de hojas tiernas, la mirada de la abuela
Adelina se derramaba en el jardín hasta
percibir en él el lugar apropiado:
entonces, convocaba al artífice para el
transplante, o lo hacía ella misma.
Se vivía el jardín en
cada detalle, sin márgenes de tiempo,
incorporando belleza, aromas y colores,
que permanecían después dentro de cada
uno.
COMO PIDIENDO PERMISO
Fuera de los límites de
aquel tejido muy bien plantado que
rodeaba la casa, había un segundo
alambrado que marcaba la frontera entre
los animales y una quinta de frutales:
mandarinos, naranjos, durazneros
presentes con todas sus variedades y
tamaños. Los mandarinos y naranjos eran
los primeros en confundir el aroma de
sus azahares con el aire del lugar,
integrándose a la atmósfera; después,
eran las flores sutilmente rosadas de
los durazneros tempranos acompañadas por
el zumbido de las abejas como pidiendo
permiso para nutrirse de su néctar.
Ninguna de las flores se resignaba a
morir porque todas acunaban el sueño de
llegar a la meta, convirtiéndose en
fruto.
Los duraznos «de agua»
tenían el valor de ser los primeros,
seguidos por los briscos, de carne
pegada, blancos, amarillos y, con otro
diseño cerraban el círculo los
«japoneses» como una pintura con un
toque bordó en un fondo
blanco-amarillento.
REVENTANDO SUS CÁSCARAS
VERDES
Buscando por el camino de
las palabras cómo eludir «totalidad»,
estaban representadas en aquella quinta
casi todas las especies de frutales
conocidas, al menos por la abuela que no
perdonaba carozo sin señalarle la ruta
de la madre tierra. Así, cuando la
naturaleza como sabia partera levantaba
la barrera, cada uno anunciaba sus
frutos: higos –blancos, negros, de
diferentes formas y tamaños–, nísperos,
membrillos, pomelos y limones teñidos de
amarillo, nogales reventando sus
cáscaras verdes para que nazcan las
nueces, olivos con sus aceitunas verdes
y negras, naranjas amargas «para hacer
dulce», las sabrosísimas de ombligo,
peras que después se convertirían en
compota o acompañarían a duraznos y
manzanas en la ruta de los orejones,
granadas, las moreras con sus moras
negras, rosadas y blancas, palmeras
yatay con sus frutos que albergaban la
magia de constituirse en la base de la
fabricación de uno de los licores «para
las visitas», las ciruelas «de miel» que
en la granja se las llamaba «las de
Petronita» posiblemente porque eran su
variedad preferida, las «de la abuelita»,
«de la virgen», seguían apareciendo como
personajes en el escenario poniendo en
marcha el fluir de un maravilloso
espectáculo, con el azul y el verde
buscando porfiadamente un espacio.
CONVERSANDO CON EL VIENTO
A un costado de la
quinta, un grupo de álamos carolina se
mecían conversando con el viento, a la
vera de las casitas de los cerdos donde
alguna reciente mamá, simulando estar
dormida, permitía a la numerosa prole
alimentarse para que se transformen en
robustos lechones. Otro, tenía un
compartimiento especial, una especie de
suite donde, en soledad escribía
–mientras seguía engordando– su destino
inexorable. Y otros más esperaban turno
en su chiquero pero, todos, compartían
la animadversión por una palabra que
soñaban desterrar de la granja: la
«carneada».
Después, era una
previsora leñera que acumulaba el
trabajo anticipado del boucheron
en los períodos durante los que, por
cualquier circunstancia, no se podía
trabajar la tierra. Y enseguida nomás un
gallinero sólo para futuras mamás
frustradas (cluecas) en el que pasarían
durante tres días sólo a agua, lo que
motivaba que, después, se premiara su
paciencia pudiendo ser liberadas ya sin
síntomas ni fantasías.
Salvo el jardín y la
huerta, las aves en libertad comiendo
pasto verde, insectos y maíz, ocupaban
todos los espacios. Cajones con paja de
la cosecha, colgados de los árboles,
hacían de nidos donde las saludables
gallinas cumplían con su ritual de un
huevo diario, a excepción de cuando
hacían de mamás. Y huevos blancos y
marrones, con vida, desbordaban las
canastas al atardecer.
SIGUIENDO LA NATURALEZA
Siguiendo la naturaleza,
sin técnicas de crecimiento artificial
ni medicinas preventivas. Con ellas se
confundían guineas que parecían decir en
su idioma musical «tío Juan, tío Juan»;
gansos moviendo con orgullo y desparpajo
la cola, con el cuello en alto; los
pavos reales desplegando sus plumas en
abanico en busca de impresionar a sus
damas y los modestos pavitos y pavitas
que al nacer traían un mensaje que los
encaminaba, paulatinamente, hacia la
Navidad, los preferidos de la abuela que
les demostraba su estima –además de los
cuidados– con una dieta extra,
privilegiada, consistente en cuajada y
pan con leche.
Cuando las primeras luces
comenzaban a arrollar las sombras de la
noche apagando las estrellas, al susurro
entre las hojas de los árboles, el
viento y los pájaros, se agregaban los
balidos de unas cincuenta ovejas que,
desde su corral, reclamaban la presencia
de alguien que les franqueara la salida
hacia la libertad, dentro del espacio
que tenían destinado. El balido era de
pena, casi implorando, con dolor, tal
vez un anticipo intuitivo del
pre-destino que las exhibiría en
desnudez después del invierno o del de
sus hijos en la parrilla, el asador o el
horno a leña de la cocina de la granja.
Aferrada a un tiempo en
que fue próxima a la casa, aunque fuera
de sus límites, una edificación con
techos a dos aguas, de tejas francesas y
un corredor que alberga una máquina para
desgranar mazorcas de maíz, es
testimonio mudo de un hogar que ya no
es, porque su espíritu después de
repartir alegría y dolor partió, acaso
en búsqueda del meollo de los sueños que
en él se mecieron. Transformado ahora
materialmente en depósito, garaje,
habitación para el ayudante del abuelo
Juan, taller de carpintería, herrería y
en una «conserva»* donde, durante los
inviernos, se realizaba el trabajo de
las carneadas y se estacionaban los
productos derivados de ellas.
Detrás de esa
construcción, dos enormes galpones,
hechos de chapas, albergaban un brek,
una americana y el producto de la
recolección de cosechas: espigas de
maíz, fardos de alfalfa, manojos de
«caña dulce». Sólo al resguardo de un
bosque de paraísos añejos, otros dos
carruajes esperaban, pacientes, ser
convocados: un «carro ruso» y un «carro
colon».
Siempre fuera de los
límites de la casa de familia, vecina al
potrero de los terneros, había una
habitación donde reinaba el silencio: es
que, unas treinta cluecas, cada una en
su nido, con la puerta cerrada (sólo
faltaba el cartelito de «No molestar»),
transmitían calor a sus quince huevos
que, cada día, hacían girar con sus
picos.
EL ANUNCIO DE LA VIDA
Todo en un cajón de
madera armado con paja, mientras
aguardaban, perseverantes, el transcurso
de los 21 días y sus noches necesarios
para que la vida, que habían contribuido
a desarrollar, se anunciara. Y lo hacía
mediante el asomar de los picos con que
los hijos por nacer comenzaban a romper,
lentamente, el cascarón.
Luego era el tambo, con
techo y laterales de chapa y madera, de
unos setenta metros. En el corral,
decenas de lecheras acostadas, rumiando
los recuerdos del día anterior y el
pasto consumido, desentendidas,
esperaban ser emplazadas, sin derecho a
apelación. Siempre distraídas, con los
ojos albergando una mirada perdida,
volvían a la realidad como preguntando
¿ya me toca a mí? Entonces, respondiendo
a la intimación, se dirigían lentamente
al tambo, con sus ubres cargadas, donde
eran esperadas por los ordeñadores;
previo «apoyo» del ternero –lo que hacía
que el animal dejara fluir la leche–
comenzaban el ordeñe a mano. Concluido,
cada ternero se conformaba con «el
saldo» pero después, al acompañar a sus
madres durante toda la mañana, se
desquitaban bien.
Apagados los faroles, aún
contando con la ayuda de la luz de la
luna para atenuar las sombras de la
noche y después de haber colaborado en
el tambo, Yeya (Serafina Fellay)
volvía a la cocina con dos baldes que
desbordaban leche recién ordeñada: era
para el consumo de la casa, donde ella
servía hacía 25 años. El abuelo y el
muchacho que hacía de peón colmaban los
tachos de leche que después,
acondicionados en la jardinera en una
madera agujereada que los contenía, eran
llevados por Pedro Woeffray hasta San
José para el reparto domiciliario. Al
regreso, era la abuela la que hacía de
computadora, sentada junto a la mesa de
la cocina: provista de una libreta,
comenzaba a descargar la metralla con
los nombres de los marchantes
(clientes): Allois, decía con voz
inquisidora, a lo que el repartidor, de
memoria, respondía: «1 litro y ½»,
«Bel»: «1/2» , Duconquère: «2»... Así,
cada día, hasta fin de mes en que, con
la colaboración de una de las hijas,
hacía las facturas.
En aquel tambo aprendí
con el pizarrón de una experiencia de
vida, algunos de sus secretos. Así, como
no se ordeñaban todas las vacas, una de
ellas era elegida por mí como
propiedad transitoria para tomar
infinitos vasos de leche recién
ordeñada; entonces advertí que los
gustos eran cambiantes según el animal
y, de ahí, o de situaciones similares,
se despeñaba la catarata de los porqués
del «capataz» –a veces insólitos– que
ponían en aprieto la experiencia del
abuelo, cuya respuesta, alguna vez, era
una alegre carcajada.
Parte de la leche se
procesaba quitándole la crema para
posibilitar a la abuela un porfiado
trabajo hasta convertirla en manteca. Lo
que quedaba se encaminaba al domicilio
de los cerdos que la esperaban ansiosos
junto a sus bateas, caladas en troncos
de árboles.
La granja funcionaba como
un mecanismo de relojería suiza,
impulsado por la energía derivada por
las ganas de hacer y donde la
responsabilidad era algo así como el
primer mandamiento. Todos colaboraban,
apuntando a un trabajo eficiente y se
valoraba la iniciativa. Como mis visitas
eran ocasionales, mis obligaciones
también eran transitorias: cebar mate,
carpir, montar a caballo sobre un
diminuto cuero de oveja para buscar
hielo hasta la usina de «los Bard» en
San José, guardar las formalidades del
saludo matutino, especialmente a la
abuela, según lo aconsejaba la
estrategia, cambiar de potrero a los
animales o llevar los patos a la laguna
para que disfruten de su agua mansa:
después de una marcha apremiante debían
–los que se rezagaban– valerse de sus
alas para vuelos bajos, como
preparándose para una maratón; ya en la
laguna, los observaba , escuchaba su
lenguaje de satisfacción, analizaba sus
movimientos... y aprendía de ellos. Todo
con la posibilidad de ser realizado en
armonía con la edad, mientras se sucedía
el tiempo de mi primera década de vida.
Para mí ir «a la
colonia», o sea a la quinta de los
abuelos, era un sentimiento siempre
vigente, una fantasía necesaria sólo
comparable con la ida «al río» (al
balneario de San José). Sobre eso, Luis,
el hermano menor de mi padre con quien
era muy compinche, me aguijoneaba, con
un matiz de chanza: «Oh, bien que sí,
gringuito de la colonia». Para nuestro
hablar regional, aquel calificativo era
para todo aquel que habitaba la zona
rural, independientemente de su origen
étnico.
Me sentía muy bien
inmerso en la naturaleza. Era como un
animalito en su hábitat, viviendo casi
en plena libertad. A veces derribaba
límites con el poder de un soplo de vida
que se desbordaba; ajeno a
racionalizaciones, con ocurrencias que
se originaban en la espontaneidad,
generaba el asombro; como cuando, un
luminoso domingo, durante el paréntesis
en el juego de «burra» para tomar el té,
la abuela Adelina fue informada de una
catástrofe: sus privilegiados pavitos no
estaban cuando les habían pretendido
acercar la comida. Conmoción
generalizada y comienzo de la búsqueda.
La clueca, con las plumas de punta y sin
parar de rezongar corría de un lado para
otro en soledad. En un momento dado,
escucharon piar y el grupo, solidario,
se arremolinó en el lugar; «¿¡Cómo»,
dice la abuela, «se oye piar y no están
los pavitos!?», implícitamente
imaginándolos en otras dimensiones. Por
fin alguien, tal vez el cura, elevando
su mirada hacia los cielos se estremece
al ver dibujarse un milagro: los pavitos,
en multitud desordenada, corrían de un
extremo al otro del techo del toilet.
Escalera mediante, fueron descendidos y
reintegrados a su madre. Al disponerse a
volver a la mesa de «burra», uno de los
visitantes, con ingenuidad, desentendido
de lo que pasaba, conmovió al ambiente
con un obvio interrogante: «¿Dónde está
el Tito?».
Parece que ese domingo le
fue bien a la abuela en el juego porque
un silencio –seguramente muy concurrido
de imágenes y expresiones que se
refugiaban en su mente– permaneció
inviolable. Al transgredir barreras, se
necesitaba de él para el reacomodamiento
de la convivencia.
Bien orientado y
administrado desde la cúpula, el equipo
de la granja funcionaba, cada uno
sumando el aporte de su decidida
colaboración.
Cuando dos de las hijas
menores, aún solteras, comenzaron a
ejercer la docencia, aportaban con la
mitad de su sueldo entregándosela al
abuelo Juan, que la guardaba en «el
baúl», constituyendo un fondo común; la
otra mitad les era depositada por él en
la caja de ahorros de cada una.
Lo espiritual también
dibujaba su espacio: naturalmente, lo
religioso, enraizado en sus vidas, les
penetraba como el fuego al carbón,
vivificándolas y cambiando su
naturaleza.
La atmósfera de la granja
parecía robustecida por aquella
tradición de contenido bíblico, con un
convencimiento sin grietas, que no se
discutía:
«La Sagesse a guidé le
juste par le droit chemin, en lui
montrant la royauté de Dieu et lui
donnant la connaissance de choses
saintes: Elle a béni son travail et fait
fructifié ses labeurs».
«La Sabiduría ha guiado
al justo por el camino derecho,
mostrándole la vigencia de Dios y
dándole el conocimiento de las cosas
santas: Ella ha bendecido su trabajo y
hecho fructificar sus emprendimientos.»
Tampoco la música era
ajena a la granja: cuatro de sus hijos
la leían y tocaban un instrumento
musical, especialmente el piano o el
violín.
Una vez le dispararon a
quemarropa un interrogante al abuelo:
«¿Por qué, don Juan, no les enseñaron el
francés a sus hijos?», a lo que él con
el simplismo que lo caracterizaba
respondió: «No quise que se repitiera
con ellos lo que me pasó a mí al ir a la
escuela donde no entendía nada y así
durante todo un año». Sin hacer
referencia explícita a ello, dejó al
desnudo la secuela de un egoísmo
retrógrado que se impuso
inexplicablemente en aquel tiempo,
negando a los chicos de la Colonia la
posibilidad de una enseñanza bilingüe
inicialmente y renegando entonces en los
hechos del principio pestaloziano: «Paso
a paso y acabadamente».
La escena era coincidente
con la despedida de una visita que había
llegado a la granja desde Colón. El
viento se arremolinaba en el jardín
convocando recuerdos, cuando el abuelo
lanzó al aire lo que me llegó como una
invitación compinche: «¿Vamos,
«capataz»?
DOMINGOS DE BURRA
Los domingos estaban
signados por la asistencia a misa en la
iglesia de San José. Después de los
prolongados coloquios en el atrio con
amigos y familiares, el abuelo Juan –que
era un ser de amistad– se dirigía al
automóvil donde ya lo aguardaba la
abuela Adelina, ansiosa por tomar rumbo
hacia el café con leche que, después de
comulgar, la esperaba humeante en casa
de su suegra, Catherine Deymonnaz de
Bastian.
Eran días muy singulares
los domingos en «la colonia»*; todo
parecía estar inmerso dentro de un ritmo
habitual, pero acelerado. Es que,
después de la breve pero ritual siesta,
eran los preparativos para los
encuentros: temprano, llegaban los
novios y, casi infaltables, las visitas
de Colón: la hermana de la abuela, María
Moix de Martin, sus hijas Panchita,
y Morocha con su marido Julio
Ferrari, algún pariente de «la costa»;
ocasionalmente, el hijo vecino, Irineo,
y «la gente de La Plaza». Los sucesivos
párrocos de San José: Dobler, Nécol,
Bidal, Seib, a veces con guardapolvo
para mitigar el calor, eran parte de las
reuniones sociales, las que eran
usurpadas, en forma cada vez más
expeditiva, por «la burra», deporte de
cartas para jugadores amateurs con la
que se distendían de las
responsabilidades asumidas durante la
semana anterior. Al parecer, ya venía
desde la época en que los padres de la
abuela Adelina lo practicaban reuniendo
en su granja –dotada de un buen
alambique– a vecinos y amigos. Mientras
se distribuían las cartas se aprovechaba
para introducir algún chiste de salón,
un cuento breve, una noticia o para una
expresión de buen humor. En una de ellas
quedó involucrado el padre Dobler, un
cura gaucho que dejó una estela de
aceptación y camaradería en la Colonia.
Resulta que un domingo, no contando con
movilidad para acercarse a la granja,
resolvió hacer a pie los cuatro
kilómetros que la separaban de San José.
Cortaba camino, atravesaba los campos
esquivando chilcas y pastizales cuando,
tan de improviso como sobreviene un
estornudo, ve salir del monte y
aproximarse a él velozmente una vaquilla
salvaje que, con toda su irracionalidad
–y sus cuernos– pretendía embestirlo.
Los gritos de auxilio serían inútiles:
sólo perturbababan el silencio y la paz
la vaquilla y él por lo que la
alternativa era enfrentarla, o empezar a
correr. Eligió esto último pero la
vaquilla –que tal vez habría tenido un
mal día– estaba decidida
irremisiblemente al combate y se lanzó a
la persecución del cura que, aunque con
menos entrenamiento, sotanas recogidas
en una mano, levantaba la otra como
queriendo cortar el viento o pidiéndole
que lo empujara en su impensable
maratón. En el primer round ganó la
vaquilla por fallo unánime y para los
otros el cura había ya conseguido saltar
un alambrado de púas recién estrenado y
pasar a otra concesión. Desde el otro
lado, la vaquilla lo miraba, moviendo la
cabeza, con espuma en la boca, con algún
balido rezongón por la obra inconclusa.
Cuando llegó a la granja, los demás
habitués de la burra dominguera que
ya habían avanzado en el juego se
creyeron iluminados al estar ante una
visión fantástica no exenta de espanto
al contemplar al padre Dobler, quien,
cual espejismo infernal, se les aparecía
con las sotanas deshilachadas y
moretones, más pasto y barro resultantes
de un pre-encuentro no querido en su
camino. Restaurada su vestimenta, limpio
también por fuera, quimérico, sin
despegarse de su buen humor y
acompañando las inevitables sonrisas que
se dibujaban en los otros rostros, se
sentó a la mesa de juego, ese domingo
matizado de angustia y de alegría al
borde del deslumbramiento.
ENTRE LUCES Y SOMBRAS,
ESAS DOS «IMPOSTORAS»
Las luciérnagas,
perseverantes, seguían alumbrando las
noches de la Colonia y cardenales,
calandrias y canarios saludando el
despuntar de cada día.
El sembrado al voleo iba
siendo reemplazado por sembradoras
mecánicas, impersonales, nacidas de la
imaginación del técnico, que dejaba
atrás, también, las esperanzas
depositadas antes junto con cada grano
que se arrojaba, manualmente, al surco.
La vida sigue implícita
en cada brote que nace enraizada en cada
hoja que después cae. Como el día
contiene en sus entrañas las sombras de
la noche, la pena es la antesala del
placer.
Aquellas manos signadas
por el trabajo en la granja, ajenas a la
conquista o al sometimiento, que
transmitían su vigor para construir y
para enriqueceruna nueva cultura;
siempre abiertas, solidarias con un
mundo cambiante, ariscas al egoísmo,
bañadas de libertad, comenzaban a
advertir con la transitoriedad de las
cosas y con la tersura ajada de la piel,
la sucesión de los años.
Mientras, pupilo en la
Sociedad Educacionista La Fraternidad,
cursaba el ciclo básico del bachillerato
en el histórico Colegio J. J. de Urquiza
de Concepción del Uruguay. En una pausa
de fin de semana en la colonia, siento
que el alma desde su infinitud se
estremece: el abuelo cree advertir que
sus fuerzas flaquean, palpitando en un
reclamo tembloroso. Los hijos se atreven
entonces a sugerir el camino de edificar
una casa en San José y la venta de la
granja. Y lo expresaban apenas, muy
sutilmente.
La realidad a veces es
cruel. La abuela Adelina no la acepta ni
quiere considerarla. Entonces, el
criterio generalizado pareciera ser que
sólo el tiempo, silencioso, podría ser
capaz de penetrar aquellas decisiones
férreas.
Cuando me aventuré a
solidarizarme con la abuela en soledad,
aferrada a la tierra, insinuando otras
eventuales salidas y rompiendo el coro,
la hija menor, llamándome aparte, con un
susurro procuró, inútilmente, que
racionalizara un sentimiento que fluía
desde lo más hondo del ser. No hay dudas
de que aun en la temprana adolescencia,
había aprendido a controlar las
emociones. Y guardé un sordo grito,
amortiguado en el silencio interior.
Me sentía junto a la
abuela, sin palabras. Aquella era su
obra, un oasis arrancado al escenario de
la vida; estaba su sello en cada cosa,
en cada flor que se abría, en cada
fruto, o gajo de viña, su caricia de
misionera laica del hacer, arquitecta de
proyectos. No se cobija en toda la
granja un solo brote que no haya sido
abonado con la caricia de sus manos
rugosas. Es ella quien volcó alegrías
desde los años primigenios y también
profundo dolor que, al superarlos,
compuso un himno a la vida.
Ahora se le pedía un paso
al costado y, apagando su estrella,
refugiarse en el cemento sin horizontes
de una nueva casa en San José. Bajar los
brazos ante lo imprevisto, algo que no
armonizaba con su naturaleza.
El espectáculo de un
mundo en marcha se detiene y su
estabilidad se estremece. Es la
impermanencia de todo lo externo, pero
ni un millón de palabras inteligentes
pueden apaciguar su callado dolor.
Cuando deja de navegar
por el mundo de las cosas, tal vez
comienza paulatinamente a conocerse más
íntimamente y el «yo» y «lo mío» van
dejando de ser parte del ego
atenuándose, hasta esfumarse. Y es
entonces cuando la lámpara del Alma,
encendida, se hace más brillante. Sólo
así puede seguir aspirando el aroma de
los naranjales, evocar sin vivirlos los
cantos de cuna, la plancha de carbón
dejando escapar las chispas al
abanicarla, el descubrimiento de una
nidada en el pajonal, las carneadas
siempre con una pincelada de humor
bullicioso, el renacimiento de la vida
en las flores de los durazneros, la
eclosión de los huevos incubados a los
veintiún días, escuchar a lo lejos las
voces dominicales habitualmente ocupadas
en «la burra» que ahora desarrollan
estrategias para desarmar, de la mejor
manera, todo aquello que sólo resultó
ser una ilusión que se desvanece,
irremediablemente, como si llegados a la
cima de una esperanza, fuera el
preguntarse: «¿Y, ahora, qué?»
Aunque guardando el
mutismo que imponían las circunstancias,
provocador de un estruendo íntimo, mi
corazón latía junto al de la abuela.
SIN OTORGAR UNA SOLA
LÁGRIMA
La luz de gas pareció
empalidecer aún más, el viento no hizo
girar la rueda del molino, los patos
dejaron de ir a la laguna y el rocío
olvidó acariciar el pasto por las
mañanas, quebrando la rutina habitual,
cuando la abuela, con una tristeza
inmanifestada, desafiando las
circunstancias sin permitirse otorgar
una sola lágrima, con un torrente de
ellas calladas en su intimidad, con sus
sueños rasgados, concedió lo máximo: un
silencio contenido y dejar hacer.
Dibujados los planos de
la nueva casa, sin analizarlos, el
abuelo reclamó por más ventanales: «Es
que yo necesito mucho aire», se
justificó.
Entonces, a deshacer,
señalando otros destinos a tanto amor
con trabajo acumulado. Alguien sugirió
desarmar los enormes galpones para
abaratar la propiedad y hacerla más
accesible para la venta, y así, fueron
transformados en interminables chapas de
zinc.
Nadie notó que las hojas
preocupadas murmuraban entre sí y que la
brisa tibia acercaba lo que parecía ser
un lejano rasguido de guitarra que,
suspendido en el aire, le ponía tono al
lugar, ya no más de soñadores, con una
estrella caída, a la que se le habían
quebrado las puntas.
Un toque de mariposas
nocturnas hunde después la granja de los
abuelos en la eternidad.
Ya en San José, es otra
historia. La abuela, como siempre,
motorizada por la curiosidad y el
espíritu de hacer, ahora dominados.
Pero no miraron para
atrás y, nunca más, anduvieron el camino
de la colonia.
Fue otro vibrar,
distinto. Sólo y nada menos que eso.
Rescatado el espíritu
del hogar que fue, es el
reacomodamiento en el nuevo destino,
viviendo el hoy sin revolver en los
porqués del pasado, sin una sola queja,
como si hubieran acordado no darse
cuenta.
Y así hasta que, un día,
la abuela, fue convocada desde la
soledad de un lugar de multitudes; tal
vez para espaciar el tiempo,
adentrándose en lo infinito. Y se
resistió apenas. Las sombras, los
nombres y el mundo de las cosas habían
quedado atrás.
No he conocido nada
comparable a la increíble granja de los
abuelos ni a la voluntad acerada de la
abuela.
A poco de nacer, fue ella
requerida por mis padres desde San José,
agotados porque desde hacía días no
cesaba de llorar debido a una grave
cuestión de salud. «Una noche en que
quedamos solos porque los demás
descansaban», contaba, «mientras te
hamacaba, de súbito dejaste de llorar;
entonces te puse, despacito, sobre un
catre que había en la habitación y
dormiste hasta el otro día». La
enfermedad había «dado vuelta»,
agregaba. Apuntando siempre a doblegar
dificultades con una actitud positiva,
vital, proyectada al futuro, parecía
transmitirla .
A veces, ante alguna
dificultad, sin proponérmelo, visualizo
su imagen en acción y me reconforta
aquel espíritu incontenible, que
avasallando entrañas, las nutría
vivificando un desafío a la vida.
Era una vez una granja en
la Colonia San José.
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