Emprendimiento conjunto entre www.ZonaColon.com y Diario El Entre Ríos para el rescate de la  memoria regional

A 150 AÑOS DE LA FUNDACIÓN DE LA COLONIA SAN JOSÉ

«L’anniversaire de la fondation d’une colonie,

est plus recommandable que celui d’une bataille»

ALEXIS PEYRET

 EL DESEMBARCO

 El grupo humano que dio origen en 1857 a la Colonia San José provenía en su mayoría de Suiza. Del Cantón de Valais, y en particular del «Bajo» Valais, de expresión francesa. Fue el aporte más importante de personas para la formación de esta colonia en Entre Ríos.

Del total de ciento once familias pioneras, noventa y tres eran suizas, dieciséis saboyanas y dos alemanas. También cincuenta y tres inmigrantes sin familia participaron de la epopeya.

Eran tiempos del gobierno de la Confederación Argentina con su capital funcionando en Paraná.

Urquiza asumió organizar por su cuenta la instalación de la nueva colonia. Y, con la fuerza y la lucidez que lo caracterizaban, resolvió encomendar al agrimensor francés Carlos Sourigues, entonces comandante de Gualeguay, la búsqueda de un punto en sus tierras sobre el río Uruguay para la ubicación.

Luego de decidir el lugar conocido como Rincón Espiro,  Sourigues comenzó a delimitar y amojonar la colonia. El 2 de julio de 1857, en comunicación epistolar con Urquiza, informa el desembarco de los colonos, ocupados improvisando los albergues, y sobre el delineamiento de las parcelas, las «concesiones» definitivas.

El profesor Alejo Peyret, intelectual francés designado por Urquiza para administrar la colonia, testimonia: «Formaron campamento en las costas del Uruguay, unos ganaron el galpón donde se depositaba la cal [de la calera existente en la zona], otros utilizaron el horno donde se elaboraba, o improvisaron abrigos debajo de los árboles –tupidísimos, felizmente– o formaron carpas con sábanas, baúles y cajones unos sobre otros».

Se arreglaron de la mejor forma que pudieron en la selva de ñapindás, ñandubays, quebrachillos y talas.

La presencia de avestruces, venados, nutrias, carpinchos, patos silvestres, teruteros, perdices, contribuyó a canalizar el espíritu aventurero de los pioneros, todos buenos tiradores, al tiempo que aportaban alimento.

Mientras, el anciano encargado de la calera, en un gesto de nobleza, cedía su ranchito para que se refugiaran en él las mujeres embarazadas.

Durante el mes de agosto se van instalando los colonos en las flamantes «concesiones» que, desde entonces, fueron llamadas en el lenguaje popular «grandes» o «chicas» según fueran de 28 ó 26 hectáreas.

Haciéndonos cargo de los recuerdos y ayudados por la imaginación, metiéndonos en la piel misma de los inmigrantes, podríamos visualizar aquella circunstancia de 530 corazones vapuleados, ansiosos;  escudriñar el sentir de quienes, con sueños nuevos, habían dejado sus hogares y atravesado el mar para proseguir con su estilo de vida, pero renovado, en América. Y en las urgencias de quienes los recibieron.

Esa convivencia inicial, ese compartir, hizo decir al agrimensor, con un tinte optimista implícito: los colonos me tienen «algo loco» pero vamos marchando y llegaremos con éxito a buen puerto, lo que descubre un signo comprensivo, casi de amistad.

Algunos provenían de muy pequeños valles, escondidos entre montañas de picos nevados y laderas cultivadas con la vid y con pinos muy verdes; otros, de pueblitos llenos de tradición, como colgados de las laderas, mas allá de las nubes, donde se respira un aire libre y puro formando parte, sin esfuerzo, del cielo azul del universo. Así lo sentí al visitar dos de ellos durante un stage de estudios en Europa: Saint Martin, Suiza, de donde procedía Jean Pierre Moix, el grand père de la abuela, uno de los protagonistas de 1857, y Greny en los Alpes franceses, un pueblito apenas, de montaña.

Venían de distintas historias y diversas fantasías. Les dolía el alejamiento pero habían tornado definitivamente sus miradas abrazados a la esperanza de un mundo mejor.

La tierra, virgen, los esperaba y ellos estaban impacientes por volcar sus ilusiones, con sus semillas, en el surco.

La inevitable falta de previsiones al definirse su instalación estando ya el contingente en el país, hizo que ésta fuera precedida por un ritmo no habitual, por un desafío, una experiencia única, un tiempo durante el que debieron templarse los espíritus y las emociones de estos protagonistas que constituyen el núcleo fundador de la Colonia.

Con unas palmadas les habían dicho au revoir a sus montañas y, embarcados durante meses, acunaron la aventura. Desprendiéndose de ellas estos hombres y mujeres abrirían un camino de hazañas en la historia regional y de la Argentina toda: el primer Registro Civil del país funcionando a pleno en Colón, el primer Tiro Federal de Sudamérica: el “Tiro Suizo de la Colonia San José”, la experiencia de la filosofía de Francois Fourier en la campiña entrerriana, una producción de vinos de Entre Ríos que mereció los más altos premios en muestras nacionales e internacionales, la fundación de la primera iglesia evangélica  en la provincia autorizada oficialmente, la aventura educativa de un cura soñador, el altruista trabajo comunitario, el desarrollo de la avicultura, las riberas del Uruguay con los colores de un amanecer de mandarinos y naranjales. Pero  sobre todo, nos legaron el trabajo como un valor, apuntando a lo perfecto y removiendo dificultades con  fe y confianza en el país argentino.

 

 

LA GRANJA DE LOS ABUELOS

 

 

Resonante de voces entrañables y reflejos que aceleran los latidos, penetrando en el alma, la granja de los abuelos está ahí dejando escapar remolinos de imágenes en un casi delirio callado, pero palpitante.

No es fácil ensayar la aventura de su descripción con palabras: ¿Cómo se define un sentir profundo, irremediablemente  incorporado?; ¿cómo trasmutar la esperanza, la virtud? Tanto cielo derramado, el olor a campo, con transparente rocío demorado y, entre ambos,  libres, los pájaros que creando nuevos acentos nos inducen a volar. ¿Cómo describir la luz o la sombra de un sentimiento?; ¿la esencia del dolor, el amor inocente, la energía vital de los nuevos racimos, de la espiga; casi el soplo primigenio de la vida?

El traslado en el tiempo para sentir el pasado ahora, implica la incorporación a aquella vida que se pone en marcha retomando el lenguaje campesino recibido de los ancestros y los sueños que siguieron guardando en el silencio del corazón, en busca de una nueva dimensión humana.

Buscando no fracturar la órbita de este comienzo, trataré de arrancar lo que, sin lápiz, tengo escrito en mi ser.

A 4 Km. de San José, siguiendo la calle Sarmiento que se prolonga en la avenida de acceso con el nombre del primer médico del lugar, está lo que, para mí, será siempre «la granja de los abuelos».

Justo al llegar a la Calle Ancha, termina la concesión donde, encadenados a la tierra para desafiar al mundo, plantaron en las postrimerías del siglo XIX sus esperanzas. La cuchilla les cedió su cima y en ella se instalaron con su hogar rural.

Él era Jean, «Juan el bueno», primogénito de la bisabuela Catherine, la que, a los 6 años, arribara en 1857; y, por línea paterna, nieto del médico pionero de la región, J. J. Bastian.

Ella era Adelina Melanie Moix cuyos antepasados, originarios de Saint Martin, Suiza, también estaban entre los fundadores de la Colonia San José.

 

CON UNA MIRADA DE IDA Y VUELTA

 

Al conocerse, un escalofrío los conmovió y Juan creyó encontrar en ella a una deidad virgen singular unida a la fuerza, decisión y confianza en sí misma que complementaban su carácter y, por añadidura, con una parcela de tierra en la zona de Perucho Verna, esperando sumarse a las de la Calle Ancha. Adelina vio en él a alguien transparente, con riqueza interior y una sensibilidad armoniosa, pero precipitada en el viento, buscando un amor que las descubra y las contenga: «un buen partido».

Con una mirada de ida y vuelta  se dijeron casi todo y las familias, marginadas del amor naciente, racionalizándolo sin prisa, concluyeron en un amén que fecundó a la pareja, haciéndola nupcial.

Y fue la fiesta de casamiento en casa de la novia, con todas sus dependencias habilitadas. Según lo manda la tradición, familiares y amigos se acercaron con su calidez y curiosidad. Con los alambiques funcionando a pleno y los toneles con canilla libre fueron tres días de encuentro, de bailes no exentos de pasiones contenidas, de canciones, hundidos en la risa fácil, de utopías desde el alma, de corazones iluminados por el buen humor, en un compartir que parecía ajeno a los mecanismos de relojería.

Establecidos después en el nuevo hogar, decidieron transformarlo en anfitrión de la vida.

Y comenzaron a escribir su propio poema, con las manos, con los brazos y con el fervor imparable de un empuje guardado intacto, que les llega de siglos.

Se estremeció la tierra cuando, con el amor en las mochilas, llegaron los hijos, cada uno portando su propia estrella. Fueron siete y una más acercada por la Providencia, apenas nacida. Con ellos, creyeron fundirse en una aurora luminosa, desprendida de su campo y de la casa.

A fines del siglo XIX comenzaron a dibujar así su granja en un silencio de a dos, como un secreto compartido, apartándola de soledades, volviendo al vacío fecundo, fértil, animado.

A este mundo ya creado y transpirado, lo viví por los años treinta con ojos de niño y después como adolescente en un ahora infinito, sin preguntarme si aquella granja había existido ayer, si existiría mañana.

Escuché en ella todos los sonidos, y viví experiencias de gozo que fluía desde la naturaleza y, también , el dolor de mi madre. Proyectadas en aquella pantalla, las personas y las cosas van y vienen, pero la granja parece permanente, sostenida por una energía  inmaterial, indestructible.

La casa estaba plantada en una concesión de 28 hectáreas. Hacia el este, cruzando un camino vecinal que conducía a la granja de los Vulliez, se prolongaba en otra concesión algo más pequeña que era identificada  con el nombre de «la tapera» y, al oeste, después de la Calle Ancha, otro retazo de tierra lindaba con la propiedad de la familia Cot.

Enfrente, después de la ruta y subiendo la colina, al norte, vivían los Bondaz, a quienes Ricardo Challier había hecho suegros, sumando sus brazos para realizar esperanzas.

Al sur, los Woeffray y al sudoeste  Irineo Bastian, el hijo mayor, casado con Sara Morel. Éstos eran los vecinos.

Siguiendo por la Calle Ancha hacia el norte, acariciadas por las miradas del arroyo Perucho Verna, eran las tierras que sus ancestros le habían legado a la abuela Adelina, donde el «medianero» Luis Martin, compartiendo utilidades agropecuarias, se responsabilizaba de las lecheras que, con sus hijos ya crecidos, eran enviadas por escasez de pastos o para invernar.

La concesión de la Calle Ancha estaba dividida en parcelas : en la mitad que bordeaba la ruta pastaba el ganado vacuno y caballar y hacían en la túnica verde sus nidos los teru-teru; en la otra mitad se levantaba la casa en cuyo frente se podía advertir un signo de territoriedad: JB. Al ingresar por el zaguán estilo pueblerino –casi exclusivo en la Colonia– a la izquierda, una puerta descubría el dormitorio de Juan y Adelina: cama de dos plazas con alfombras tejidas  de cada lado, mosquitero, sillón Thonet, reloj antiguo de pared, ropero, un baúl en cuyo borde reclinaba sus rodillas la abuela para dirigir las oraciones previas al desayuno y al descanso, uno de los ángulos de la habitación con una pequeña capilla y, en el suelo, un cuero de oveja, con lana blanca donde, los domingos, yo simulaba dormir la siesta. Allí descansaba la abuela –pañuelo blanco mojado en la frente– acunada por los ronquidos del abuelo.

 

 

VIGILADOS DESDE LAS FOTOGRAFÍAS

 

Otras habitaciones estaban destinadas también a dormitorios y al vestíbulo donde, durante la semana, se leía el misal, el Boletín Parroquial, El Entre Ríos y El Pueblo de Buenos Aires y al que, los domingos, se adicionaba una mesa y sillas extras, capaces de contener entre siete y nueve aficionados a «la burra», juego que se practicaba «a 30 ctvs. la dada», «para pasar el rato»; otra dependencia, la más amplia, era el comedor con una mesa interminable en el centro y la frescura de las multicolores dalias sobre el piano; en él transcurrían los noviazgos de las hijas –vigilados desde las fotografías  por los bisabuelos Moix– hasta la hora del té, en que en torno a un mismo mantel cordial se reunían los habitués a la burra y los novios mientras, con un toque de estudiada coquetería y sirviendo a los comensales té con leche, las damas aprovechaban  para ostentar sus habilidades reposteriles: pasteles, tortas, masitas, bizcochuelos nacidos de receta propia, dulces diversos y manteca de la granja  para el pan tostado que –de acuerdo a la consigna previa– era por donde debíamos comenzar los chicos.

A continuación de un espacio reducido que hacía de office era la gran cocina  en la que se almorzaba durante la semana: le grand papá (el abuelo) –como nombraba él mismo la bolilla 90 cuando «cantaba» la lotería– a la cabecera de la mesa, la abuela Adelina a la izquierda y la hija mayor a la derecha, después se ubicaban los demás de acuerdo con lo que el sentido común aconsejaba. El abuelo Juan iniciaba el almuerzo tomando un «pan colon» virgen y, dibujando invariablemente con la punta de su cuchillo una cruz simbólica en la parte posterior, consultaba sobre los que lo apetecían para repartir las rebanadas. Después, se servía el vino. Eran austeros en su forma de vida pero eso no regía para la comida: después del fiambre (con productos de las «carneadas») era la sopa y el puchero diario que incluía la deliciosa carne salada, chorizos y todas las legumbres arrancadas a la huerta cada día; luego otro plato que, como ejemplo, podía ser milanesa con croquetas, el postre y la fruta de estación que, en abundancia, proveía la quinta. La abuela se sentía feliz viéndome comer y, para mí, cada almuerzo era como un banquete de príncipe.

 

 

EL ESPÍRITU DE LA NATURALEZA

 

Concluida la comida y después de ayudar a secar los platos (todos, indefectiblemente, debían ocuparse de algo, sin que nadie  lo pidiera), mientras los demás«hacían la siesta», me deslizaba desde mi cuero de oveja en el piso, esquivando los ronquidos del abuelo y, transmigrado en reptil, atravesaba la ante-cocina, la cocina y, suplicándole a la puerta que me diera paso en silencio, llegaba a la libertad tan preciada, iluminada por el sol. Desde ahí corría a la quinta y, subido a los durazneros, ciruelos, moreras o mandarinos, entre fruta y fruta, me sentía el producto de la fuerza de la naturaleza y de su espíritu.

La casa se prolongaba hacia el este con un parral que la abuela soñadora de futuros –aunque viviendo intensamente cada ahora– había dado a luz y que lo renovaba y completaba sin pausa.

Un molino de viento, incansable, junto a una pileta de agua inmóvil donde bebían los animales y susurraban pájaros, proveía el agua corriente a la cocina y al baño.

Atrás de la casa, era la huerta: convivían en ella todas las variedades de hortalizas y verduras conocidas y algunas que, aún, no figuraban en el diccionario: menos las calabazas, papas y zapallos que eran traídos de la chacra pero sí tenían un lugar los robustos repollos: durante un tiempo en que se comienza a perturbar con preguntas al estado de inocencia feliz de la mente, me enteré que había nacido atrás de uno  de aquellos repollos: «nos levantamos y estabas ahí, agachadito...»

Una palmera yatay, una planta de laurel, y un tablón de dalias que había llegado desbordado del jardín rompían la monotonía  de los vegetales menores y de las plantas aromáticas, destinadas a perfumar el puchero diario. Más cerca de la casa, un anciano níspero protegía a la abuela Adelina del calor solar cuando, en soledad, tal vez recordando alguna «mano de burra», vigilaba el asado de un cordero de la granja al que le había llegado el turno y que se asaba lentamente en el brasero. Vecino al árbol de nísperos, un gran depósito estaba destinado a recoger el agua de lluvia con la que, después, se trataría alguna planta enferma, un sarmiento que se demoraba en crecer o algún arbolito de camelias privilegiado y, por supuesto, para hacer sonreír al cabello femenino.

A continuación de la huerta una porción de terreno con alfalfa tenía como destino nutrir con su verde a «las coloradas», una selección de gallinas Rhode-Islan-Red con gallinero especial, destinadas a cubrir el consumo doméstico de carne y proveer huevos para empollar. También esperaban por la mañana apenas amanecida, su ración verde aún con rocío, los canarios con sus crías que desde una gran pajarera made in casa, dividida en cuatro sectores, saludaban cada día con sus arrullos confundidos.

Después de las «coloradas» estaba el solar de los conejos: multicolores, mansos, desentendidos del palomar instalado sobre los techos de su sector. Un poco más allá, en el corral de los patos convivían  en armonía los amarronados pequineses con los criollos color sombra y los de otros orígenes, al parecer poniendo en práctica, a su nivel, aquello de que «Hay una sola raza, la raza de la humanidad». En el frente de la casa, orientada hacia el norte, estaba dibujado el jardín; como todo lo demás, producto de los brazos y de la imaginación de quienes vivían en la granja. Antes del desayuno, mientras el abuelo Juan y su equipo participaban del ordeñe de las vacas lecheras en el tambo, la abuela Adelina con el suyo trabajaba en el jardín. Salvo alguien que permanecía en la cocina, los demás, mujeres y hombres, sin jerarquía, de un modo u otro estaban involucrados en mejorar los bordes de los canteros, traer y llevar la carretilla, carpir, remover la tierra, plantar, extirpar el pasto de los caminos y enarenarlos, podar, recoger flores o cebar mate que era, cuando estaba en «la colonia», mi responsabilidad.

Todas las variedades de jazmines, todas las rosas, decenas de camelias, junquillos, las tímidas violetas, crisantemos, azucenas, lirios, las corpulentas hortensias, margaritas y sus variantes, se habían dado cita allí. Ninguna escapaba de aquel encuentro en el jardín de la granja de los Bastian de la Calle Ancha, en la primera mitad del siglo XX.

Las parcelas tenían diversas formas y su contorno estaba sostenido por plantas especiales o césped.

Compañero de ruta del tejido que rodeaba la casa –por cientos de metros–, ladrillos de canto anunciaban el límite de otro cantero donde convivían –inseparables– rosales, enredaderas, jazmines en todas sus versiones, las «Santa Rita» de múltiples colores y una extraordinaria diversidad de plantas.

Se destacaban en el jardín las camelias florecidas: blancas con pintas rojas, moradas, con colores purísimos, o de un blanco inmaculado; los años les habían dado categoría de estudiantes para árboles. La abuela mantenía un vivero singular para las camelias, tanto, como sencillo: consistía en latas que habían quedado como descarte del transporte de combustible; les agujereaba el fondo y colocaba tierra hasta la mitad; manteniéndola húmeda, plantaba los gajos «con nudo» y las tapaba con un vidrio; cuando las raíces hacían eclosión  y se estaba en los umbrales de una nueva planta que se anunciaba con la aparición de hojas tiernas, la mirada de la abuela Adelina se derramaba en el jardín hasta percibir en él el lugar apropiado: entonces, convocaba al artífice para el transplante, o lo hacía ella misma.

Se vivía el jardín en cada detalle, sin márgenes de tiempo, incorporando belleza, aromas y colores, que permanecían después dentro de cada uno.

 

 

COMO PIDIENDO PERMISO

 

Fuera de los límites de aquel tejido muy bien plantado que rodeaba la casa, había un segundo alambrado que marcaba la frontera entre los animales y una quinta de frutales: mandarinos, naranjos, durazneros presentes con todas sus variedades y tamaños. Los mandarinos y naranjos eran los primeros en confundir el aroma de sus azahares con el aire del lugar, integrándose a la atmósfera; después, eran las flores sutilmente rosadas de los durazneros tempranos acompañadas por el zumbido de las abejas como pidiendo permiso para nutrirse  de su néctar. Ninguna de las flores se resignaba a morir porque todas acunaban el sueño de llegar a la meta, convirtiéndose en fruto.

Los duraznos «de agua» tenían el valor de ser los primeros, seguidos por los briscos, de carne pegada, blancos, amarillos y, con otro diseño cerraban el círculo los «japoneses» como una pintura con un toque bordó en un fondo blanco-amarillento.

 

 

 

REVENTANDO SUS CÁSCARAS VERDES

 

Buscando por el camino de las palabras cómo eludir «totalidad», estaban representadas en aquella quinta casi todas las especies de frutales conocidas, al menos por la abuela que no perdonaba carozo sin señalarle la ruta de la madre tierra. Así, cuando la naturaleza como sabia partera levantaba la barrera, cada uno anunciaba sus frutos: higos –blancos, negros, de diferentes formas y tamaños–, nísperos, membrillos, pomelos y limones teñidos de amarillo, nogales reventando sus cáscaras verdes para que nazcan las nueces, olivos con sus aceitunas verdes y negras, naranjas amargas «para hacer dulce», las sabrosísimas de ombligo, peras que después se convertirían en compota o acompañarían  a duraznos y manzanas en la ruta de los orejones, granadas, las moreras con sus moras negras, rosadas y blancas, palmeras yatay con sus frutos que albergaban  la magia de constituirse en la base de la fabricación de uno de los licores  «para las visitas», las ciruelas «de miel» que en la granja se las llamaba «las de Petronita» posiblemente porque eran su variedad preferida, las «de la abuelita», «de la virgen», seguían apareciendo como personajes en el escenario poniendo en marcha el fluir de un maravilloso espectáculo, con el azul y el verde buscando porfiadamente un espacio.

 

 

CONVERSANDO CON EL VIENTO

 

A un costado de la quinta, un grupo de álamos carolina se mecían conversando con el viento, a la vera de las casitas de los cerdos donde alguna reciente mamá, simulando estar dormida, permitía a la numerosa prole alimentarse para que se transformen en robustos lechones. Otro, tenía un compartimiento especial, una especie de suite donde, en soledad escribía –mientras seguía engordando– su destino inexorable. Y otros más esperaban turno en su chiquero pero, todos, compartían la animadversión por una palabra que soñaban desterrar de la granja: la «carneada».

Después, era una previsora leñera que acumulaba el trabajo anticipado del boucheron en los períodos durante los que, por cualquier circunstancia, no se podía trabajar la tierra. Y enseguida nomás un gallinero sólo para futuras mamás frustradas (cluecas) en el que pasarían durante tres días sólo a agua, lo que motivaba que, después, se premiara su paciencia pudiendo ser liberadas ya sin síntomas ni fantasías.

Salvo el jardín y la huerta, las aves en libertad comiendo pasto verde, insectos y maíz, ocupaban todos los espacios. Cajones con paja de la cosecha, colgados de los árboles, hacían de nidos donde las saludables gallinas cumplían con su ritual de un huevo diario, a excepción de cuando hacían de mamás. Y huevos blancos y marrones, con vida, desbordaban las canastas al atardecer.

 

SIGUIENDO LA NATURALEZA

 

Siguiendo la naturaleza, sin técnicas de crecimiento artificial ni medicinas preventivas. Con ellas se confundían guineas que parecían decir en su idioma musical «tío Juan, tío Juan»; gansos moviendo con orgullo y desparpajo la cola, con el cuello en alto; los pavos reales desplegando sus plumas en abanico en busca de impresionar a sus damas y los modestos pavitos y pavitas que al nacer traían un mensaje que los encaminaba, paulatinamente, hacia la Navidad, los preferidos de la abuela que les demostraba su estima –además de los cuidados– con una dieta extra, privilegiada, consistente en cuajada y pan con leche.

Cuando las primeras luces comenzaban a arrollar las sombras de la noche apagando las estrellas, al susurro entre las hojas de los árboles, el viento y los pájaros, se agregaban los balidos de unas cincuenta ovejas que, desde su corral, reclamaban la presencia de alguien que les franqueara la salida hacia la libertad, dentro del espacio que tenían destinado. El balido era de pena, casi implorando, con dolor, tal vez un anticipo intuitivo del pre-destino que las exhibiría en desnudez después del invierno o del de sus hijos en la parrilla, el asador o el horno a leña de la cocina de la granja.

Aferrada a un tiempo en que fue próxima a la casa, aunque fuera de sus límites, una edificación con techos a dos aguas, de tejas francesas y un corredor que alberga una máquina para desgranar mazorcas de maíz, es testimonio mudo de un hogar que ya no es, porque su espíritu después de repartir alegría y dolor partió, acaso en búsqueda del meollo de los sueños que en él se mecieron. Transformado ahora materialmente en depósito, garaje, habitación para el ayudante del abuelo Juan, taller de carpintería, herrería y en una «conserva»* donde, durante  los inviernos, se realizaba el trabajo de las carneadas y se estacionaban los productos derivados de ellas.

Detrás de esa construcción, dos enormes galpones, hechos de chapas, albergaban un brek, una americana y el producto de la recolección de cosechas: espigas de maíz, fardos de alfalfa, manojos de «caña dulce». Sólo al resguardo de un bosque de paraísos añejos, otros dos carruajes esperaban, pacientes, ser convocados: un «carro ruso» y un «carro colon».

Siempre fuera de los límites de la casa de familia, vecina al potrero de los terneros, había una habitación donde reinaba el silencio: es que, unas treinta cluecas, cada una en su nido, con la puerta cerrada (sólo faltaba el cartelito de «No molestar»), transmitían calor a sus quince huevos que, cada día, hacían girar con sus picos.

 

EL ANUNCIO DE LA VIDA

 

Todo en un cajón de madera armado con paja, mientras aguardaban, perseverantes, el transcurso de los 21 días y sus noches necesarios para que la vida, que habían contribuido a desarrollar, se anunciara. Y lo hacía mediante el asomar de los picos con que los hijos por nacer comenzaban a romper, lentamente, el cascarón.

Luego era el tambo, con techo y laterales de chapa y madera, de unos setenta metros. En el corral, decenas de lecheras acostadas, rumiando los recuerdos del día anterior y el pasto consumido, desentendidas, esperaban ser emplazadas, sin derecho a apelación. Siempre distraídas, con los ojos albergando una mirada perdida, volvían a la realidad como preguntando  ¿ya me toca a mí? Entonces, respondiendo a la intimación, se dirigían lentamente al tambo, con sus ubres cargadas, donde eran esperadas por los ordeñadores; previo «apoyo» del ternero –lo que hacía que el animal dejara fluir la leche– comenzaban el ordeñe a mano. Concluido, cada ternero se conformaba con «el saldo» pero después, al acompañar a sus madres durante toda la mañana, se desquitaban bien.

Apagados los faroles, aún contando con la ayuda de la luz de la luna para atenuar las sombras de la noche y después de haber colaborado en el tambo, Yeya (Serafina Fellay) volvía a la cocina con dos baldes que desbordaban leche recién ordeñada: era para el consumo de la casa, donde ella servía hacía 25 años. El abuelo y el muchacho  que hacía de peón colmaban los tachos de leche que después, acondicionados en la jardinera en una madera agujereada que los contenía, eran llevados por Pedro Woeffray hasta San José para el reparto domiciliario. Al regreso, era la abuela la que hacía de computadora, sentada junto a la mesa de la cocina: provista de una libreta, comenzaba a descargar la metralla con los nombres de los marchantes (clientes): Allois, decía con voz inquisidora, a lo que el repartidor, de memoria, respondía: «1 litro y ½», «Bel»: «1/2» , Duconquère: «2»... Así, cada día, hasta fin de mes en que, con la colaboración de una de las hijas, hacía las facturas.

En aquel tambo aprendí con el pizarrón de una experiencia de vida, algunos de sus secretos. Así, como no se ordeñaban todas las vacas, una de ellas era elegida por mí como propiedad transitoria para tomar infinitos vasos de leche recién ordeñada; entonces advertí que los gustos eran cambiantes según el animal y, de ahí, o de situaciones similares, se despeñaba la catarata de los porqués del «capataz» –a veces insólitos– que ponían en aprieto la experiencia del abuelo, cuya respuesta, alguna vez, era una alegre carcajada.

Parte de la leche se procesaba quitándole la crema para posibilitar a la abuela un porfiado trabajo hasta convertirla en manteca. Lo que quedaba se encaminaba al domicilio de los cerdos que la esperaban ansiosos junto a sus bateas, caladas en troncos de árboles.

La granja funcionaba como un mecanismo de relojería suiza, impulsado por la energía derivada por las ganas de hacer y donde la responsabilidad era algo así como el primer mandamiento. Todos colaboraban, apuntando a un trabajo eficiente y se valoraba la iniciativa. Como mis visitas eran ocasionales, mis obligaciones también eran transitorias: cebar mate, carpir, montar a caballo sobre un diminuto cuero de oveja para buscar hielo hasta la usina de «los Bard» en San José, guardar las formalidades del saludo matutino, especialmente a la abuela, según lo aconsejaba la estrategia, cambiar de potrero a los animales o llevar los patos a la laguna para que disfruten de su agua mansa: después de una marcha apremiante debían –los que se rezagaban– valerse de sus alas para vuelos bajos, como preparándose para una maratón; ya en la laguna, los observaba , escuchaba su lenguaje de satisfacción, analizaba sus movimientos... y aprendía de ellos. Todo con la posibilidad de ser realizado en armonía con la edad, mientras se sucedía el tiempo de mi primera década de vida.

Para mí ir «a la colonia», o sea a la quinta de los abuelos, era un sentimiento siempre vigente, una fantasía necesaria sólo comparable con la ida «al río» (al balneario de San José). Sobre eso, Luis, el hermano menor de mi padre con quien era muy compinche, me aguijoneaba, con un matiz de chanza: «Oh, bien que sí, gringuito de la colonia». Para nuestro hablar regional, aquel calificativo era para todo aquel que habitaba la zona rural, independientemente de su origen étnico.

Me sentía muy bien inmerso en la naturaleza. Era como un animalito en su hábitat, viviendo casi en plena libertad. A veces derribaba límites con el poder de un soplo de vida que se desbordaba; ajeno a racionalizaciones, con ocurrencias que se originaban en la espontaneidad, generaba el asombro; como cuando, un luminoso domingo, durante el paréntesis en el juego de «burra» para tomar el té, la abuela Adelina fue informada de una catástrofe: sus privilegiados pavitos no estaban cuando les habían pretendido acercar la comida. Conmoción generalizada y comienzo de la búsqueda. La clueca, con las plumas de punta y sin parar de rezongar corría de un lado para otro en soledad. En un momento dado, escucharon piar y el grupo, solidario, se arremolinó en el lugar; «¿¡Cómo», dice la abuela, «se oye piar y no están los pavitos!?», implícitamente imaginándolos en otras dimensiones. Por fin alguien, tal vez el cura, elevando su mirada hacia los cielos se estremece al ver dibujarse un milagro: los pavitos, en multitud desordenada, corrían de un extremo al otro del techo del toilet. Escalera mediante, fueron descendidos y reintegrados a su madre. Al disponerse a volver a la mesa de «burra», uno de los visitantes, con ingenuidad, desentendido de lo que pasaba, conmovió al ambiente con un obvio interrogante: «¿Dónde está el Tito?».

Parece que ese domingo le fue bien a la abuela en el juego porque un silencio –seguramente muy concurrido de imágenes y expresiones que se refugiaban en su mente– permaneció inviolable. Al transgredir barreras, se necesitaba de él para el reacomodamiento de la convivencia.

Bien orientado y administrado desde la cúpula, el equipo de la granja funcionaba, cada uno sumando el aporte de su decidida colaboración.

Cuando dos de las hijas menores, aún solteras, comenzaron a ejercer la docencia, aportaban con la mitad de su sueldo entregándosela al abuelo Juan, que la guardaba en «el baúl», constituyendo un fondo común; la otra mitad les era depositada por él en la caja de ahorros de cada una.

Lo espiritual también dibujaba su espacio: naturalmente, lo religioso, enraizado en sus vidas, les penetraba como el fuego al carbón, vivificándolas y cambiando su naturaleza.

La atmósfera de la granja parecía robustecida por aquella tradición de contenido bíblico, con un convencimiento sin grietas, que no se discutía:

 

 

«La Sagesse a guidé le juste par le droit chemin, en lui montrant la royauté de Dieu et lui donnant la connaissance de choses saintes: Elle a béni son travail et fait fructifié ses labeurs».

 

 

«La Sabiduría ha guiado al justo por el camino derecho, mostrándole la vigencia de Dios y dándole el conocimiento de las cosas santas: Ella ha bendecido su trabajo y hecho fructificar sus emprendimientos.»

 

Tampoco la música era ajena a la granja: cuatro de sus hijos la leían y tocaban un instrumento musical, especialmente el piano o el violín.

Una vez le dispararon a quemarropa un interrogante al abuelo: «¿Por qué, don Juan, no les enseñaron el francés a sus hijos?», a lo que él con el simplismo que lo caracterizaba respondió: «No quise que se repitiera con ellos lo que me pasó a mí al ir a la escuela donde no entendía nada y así durante todo un año». Sin hacer referencia explícita a ello, dejó al desnudo la secuela de un egoísmo retrógrado que se impuso inexplicablemente en aquel tiempo, negando a los chicos de la Colonia la posibilidad de una enseñanza bilingüe inicialmente y renegando entonces en los hechos del principio pestaloziano: «Paso a paso y acabadamente».

La escena era coincidente con la despedida de una visita que había llegado a la granja desde Colón. El viento se arremolinaba en el jardín convocando recuerdos, cuando el abuelo lanzó al aire lo que me llegó como una invitación compinche: «¿Vamos, «capataz»?

 

 

DOMINGOS DE BURRA

Los domingos estaban signados por la asistencia a misa en la iglesia de San José. Después de los prolongados coloquios en el atrio con amigos y familiares, el abuelo Juan –que era un ser de amistad– se dirigía al automóvil donde ya lo aguardaba la abuela Adelina, ansiosa por tomar rumbo hacia el café con leche que, después de comulgar, la esperaba humeante en casa de su suegra, Catherine Deymonnaz de Bastian.

Eran días muy singulares los domingos en «la colonia»*; todo parecía estar inmerso dentro de un ritmo habitual, pero acelerado. Es que, después de la breve pero ritual siesta, eran los preparativos para los encuentros: temprano, llegaban los novios y, casi infaltables, las visitas de Colón: la hermana de la abuela, María Moix de Martin, sus hijas Panchita, y Morocha con su marido Julio Ferrari, algún pariente de «la costa»; ocasionalmente, el hijo vecino, Irineo, y «la gente de La Plaza». Los sucesivos párrocos de San José: Dobler, Nécol, Bidal, Seib, a veces con guardapolvo para mitigar el calor, eran parte de las reuniones sociales, las que eran usurpadas, en forma cada vez más expeditiva, por «la burra», deporte de cartas para jugadores amateurs con la que se distendían de las responsabilidades asumidas durante la semana anterior. Al parecer, ya venía desde la época en que los padres de la abuela Adelina lo practicaban reuniendo en su granja –dotada de un buen alambique– a vecinos y amigos. Mientras se distribuían las cartas se aprovechaba para introducir algún chiste de salón, un cuento breve, una noticia o para una expresión de buen humor. En una de ellas quedó involucrado el padre Dobler, un cura gaucho que dejó una estela de aceptación y camaradería en la Colonia. Resulta que un domingo, no contando con movilidad para acercarse a la granja, resolvió hacer a pie los cuatro kilómetros que la separaban de San José. Cortaba camino, atravesaba los campos esquivando chilcas y pastizales cuando, tan de improviso como sobreviene un estornudo, ve salir del monte y aproximarse a él velozmente una vaquilla salvaje que, con toda su irracionalidad –y sus cuernos– pretendía embestirlo. Los gritos de auxilio serían inútiles: sólo perturbababan el silencio y la paz la vaquilla y él por lo que la alternativa era enfrentarla, o empezar a correr. Eligió esto último pero la vaquilla –que tal vez habría tenido un mal día– estaba decidida irremisiblemente al combate y se lanzó a la persecución del cura que, aunque con menos entrenamiento, sotanas recogidas en una mano, levantaba la otra como queriendo cortar el viento o pidiéndole que lo empujara en su impensable maratón. En el primer round ganó la vaquilla por fallo unánime y para los otros el cura había ya conseguido saltar un alambrado de púas recién estrenado y pasar a otra concesión. Desde el otro lado, la vaquilla lo miraba, moviendo la cabeza, con espuma en la boca, con algún balido rezongón por la obra inconclusa. Cuando llegó a la granja, los demás habitués de la burra dominguera que ya habían avanzado en el juego se creyeron iluminados al estar ante una visión fantástica no exenta de espanto al contemplar al padre Dobler, quien, cual espejismo infernal, se les aparecía con las sotanas deshilachadas y moretones, más pasto y barro resultantes de un pre-encuentro no querido en su camino. Restaurada su vestimenta, limpio también por fuera, quimérico, sin despegarse de su buen humor y acompañando las inevitables sonrisas que se dibujaban en los otros rostros, se sentó a la mesa de juego, ese domingo matizado de angustia y de alegría al borde del deslumbramiento.

 

 

 

 

ENTRE LUCES Y SOMBRAS, ESAS DOS «IMPOSTORAS»

 

Las luciérnagas, perseverantes, seguían alumbrando las noches de la Colonia y cardenales, calandrias y canarios saludando el despuntar de cada día. El sembrado al voleo iba siendo reemplazado por sembradoras mecánicas, impersonales, nacidas de la imaginación del técnico, que dejaba atrás, también, las esperanzas depositadas antes junto con cada grano que se arrojaba, manualmente, al surco.

La vida sigue implícita en cada brote que nace enraizada en cada hoja que después cae. Como el día contiene en sus entrañas las sombras de la noche, la pena es la antesala del placer.

Aquellas manos signadas por el trabajo en la granja, ajenas a la conquista o al sometimiento, que transmitían su vigor para construir y para enriqueceruna nueva cultura; siempre abiertas, solidarias con un mundo cambiante, ariscas al egoísmo, bañadas de libertad, comenzaban a advertir con la transitoriedad de las cosas y con la tersura ajada de la piel, la sucesión de los años.

Mientras, pupilo en la Sociedad Educacionista La Fraternidad, cursaba el ciclo básico del bachillerato en el histórico Colegio J. J. de Urquiza de Concepción del Uruguay. En una pausa de fin de semana en la colonia, siento que el alma desde su infinitud se estremece: el abuelo cree advertir que sus fuerzas flaquean, palpitando en un reclamo tembloroso. Los hijos se atreven entonces a sugerir el camino de edificar una casa en San José y la venta de la granja. Y lo expresaban apenas, muy sutilmente.

La realidad a veces es cruel. La abuela Adelina no la acepta ni quiere considerarla. Entonces, el criterio generalizado pareciera ser que sólo el tiempo, silencioso, podría ser capaz de penetrar aquellas decisiones férreas.

Cuando me aventuré a solidarizarme con la abuela en soledad, aferrada a la tierra, insinuando otras eventuales salidas y rompiendo el coro, la hija menor, llamándome aparte, con un susurro procuró, inútilmente, que racionalizara un sentimiento que fluía desde lo más hondo del ser. No hay dudas de que aun en la temprana adolescencia, había aprendido a controlar las emociones. Y guardé un sordo grito, amortiguado en el silencio interior.

Me sentía junto a la abuela, sin palabras. Aquella era su obra, un oasis arrancado al escenario de la vida; estaba su sello en cada cosa, en cada flor que se abría, en cada fruto, o gajo de viña, su caricia de misionera laica del hacer, arquitecta de proyectos. No se cobija en toda la granja un solo brote  que no haya sido abonado con la caricia de sus manos rugosas. Es ella quien volcó alegrías desde los años primigenios y también profundo dolor que, al superarlos, compuso un himno a la vida.

Ahora se le pedía un paso al costado y, apagando su estrella, refugiarse en el cemento sin horizontes de una nueva casa en San José. Bajar los brazos ante lo imprevisto, algo que no armonizaba con su naturaleza.

El espectáculo de un mundo en marcha se detiene y su estabilidad se estremece. Es la impermanencia de todo lo externo, pero ni un millón de palabras inteligentes pueden apaciguar su callado dolor.

Cuando deja de navegar por el mundo de las cosas, tal vez comienza paulatinamente a conocerse más íntimamente y el «yo» y «lo mío» van dejando de ser parte del ego atenuándose, hasta esfumarse. Y es entonces cuando la lámpara del Alma, encendida, se hace más brillante. Sólo así puede seguir aspirando el aroma de los naranjales, evocar sin vivirlos los cantos de cuna, la plancha de carbón dejando escapar las chispas al abanicarla, el descubrimiento de una nidada en el pajonal, las carneadas siempre con una pincelada de humor bullicioso, el renacimiento de la vida en las flores de los durazneros, la eclosión de los huevos incubados a los veintiún días, escuchar a lo lejos  las voces dominicales habitualmente ocupadas en «la burra» que ahora desarrollan estrategias para desarmar, de la mejor manera, todo aquello que sólo resultó ser una ilusión  que se desvanece, irremediablemente, como si llegados a la cima de una esperanza, fuera el preguntarse: «¿Y, ahora, qué?»

Aunque guardando el mutismo que imponían las circunstancias, provocador de un estruendo íntimo, mi corazón latía junto al de la abuela.

 

SIN OTORGAR UNA SOLA LÁGRIMA

 

La luz de gas pareció empalidecer aún más, el viento no hizo girar la rueda del molino, los patos dejaron de ir a la laguna y el rocío olvidó acariciar el pasto por las mañanas, quebrando la rutina habitual, cuando la abuela, con una tristeza inmanifestada, desafiando las circunstancias sin permitirse otorgar una sola lágrima, con un torrente de ellas calladas en su intimidad, con sus sueños rasgados, concedió lo máximo: un silencio contenido y dejar hacer.

Dibujados los planos de la nueva casa, sin analizarlos, el abuelo reclamó por más ventanales: «Es que yo necesito mucho aire», se justificó.

Entonces, a deshacer, señalando otros destinos a tanto amor con trabajo acumulado. Alguien sugirió desarmar los enormes galpones para abaratar la propiedad y hacerla más accesible para la venta, y así, fueron transformados en interminables chapas de zinc.

Nadie notó que las hojas preocupadas murmuraban entre sí y que la brisa tibia acercaba  lo que parecía ser un lejano rasguido de guitarra que, suspendido en el aire, le ponía tono al lugar, ya no más de soñadores, con una estrella caída, a la que se le habían quebrado las puntas.

Un toque de mariposas nocturnas hunde después la granja de los abuelos en la eternidad.

Ya en San José, es otra historia. La abuela, como siempre, motorizada por la curiosidad y el espíritu de hacer, ahora dominados.

Pero no miraron para atrás y, nunca más, anduvieron el camino de la colonia.

Fue otro vibrar, distinto. Sólo y nada menos que eso. Rescatado el espíritu del hogar que fue, es el reacomodamiento en el nuevo destino, viviendo el hoy sin revolver en los porqués del pasado, sin una sola queja, como si hubieran acordado no darse cuenta.

Y así hasta que, un día, la abuela, fue convocada desde la soledad de un lugar de multitudes; tal vez para espaciar el tiempo, adentrándose en lo infinito. Y se resistió apenas. Las sombras, los nombres y el mundo de las cosas habían quedado atrás.

No he conocido nada comparable a la increíble granja de los abuelos ni a la voluntad acerada de la abuela.

A poco de nacer, fue ella requerida por mis padres desde San José, agotados porque desde hacía días no cesaba de llorar debido a una grave cuestión de salud. «Una noche en que quedamos solos porque los demás descansaban», contaba, «mientras te hamacaba, de súbito dejaste de llorar; entonces te puse, despacito, sobre un catre que había en la habitación y dormiste hasta el otro día». La enfermedad había «dado vuelta», agregaba. Apuntando siempre a doblegar dificultades con una actitud positiva, vital, proyectada al futuro, parecía transmitirla .

A veces, ante alguna dificultad, sin proponérmelo, visualizo su imagen en acción y me reconforta aquel espíritu incontenible, que avasallando entrañas, las nutría vivificando un desafío a la vida.

Era una vez una granja en la Colonia San José.

 

 

Héctor Norberto. Guionet


Héctor Norberto Guionet nació en Villa San José, Entre Ríos, La Place de los inmigrantes, donde cursó sus primeros estudios. Se trasladó después a la vecina Concepción del Uruguay para hacer el bachillerato en el Histórico Colegio del Uruguay fundado por Urquiza y asistir posteriormente a la Escuela Normal. Pupilo en la Sociedad Educacionista "La Fraternidad" de la misma ciudad egresó con medalla de oro, que entonces fuera ofrecida por el poeta Córdova Iturburu, en nombre de la Asociación de ex-Internos. Cursó estudios universitarios en la Universidad del Salvador. Electo legislador, presidió la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados de Entre Ríos, proyectó el trazado del Puente Colón Paysandú y el parque Nacional El Palmar. Ver más...

Obras literarias:
- Petronita Un canto a la vida
- La Colonia San José, inmigrantes entre ríos e imágenes
- La Aventura Educativa - Testimonios de Aula y de Vida


® Los textos han sido reproducidos con permiso del autor


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