Emprendimiento conjunto entre www.ZonaColon.com y Diario El Entre Ríos para el rescate de la  memoria regional

 

Especial para “El Entre Ríos”

por Héctor Norberto Guionet 

“En Entre Ríos, un modelo de Museo”

Son palabras del diario “La Nación” de Buenos Aires el que, al referirse al Museo Histórico Regional de la Colonia San José, agregaba en un artículo que comenzaba en tapa, que sería un modelo para instituciones similares en el resto del país.

 

En La Place de los fundadores, frente a la plaza histórica, rico en experiencias,  acompañado con la calidez de toda la gente, remodelado por visionarios voluntarios, llenos sus pulmones de tradición regional, conservando sentimientos, percibe el ensancharse y rejuvenecer de sus entrañas al cumplir 50 años de aprendizaje; vestido de futuro, con un matiz sepia de pasado esclarecido.

Un museo es un centro de aprendizaje  que informa, a veces silencioso, sobre cómo se hicieron las cosas en otro tiempo.

 

La Historia

         En 1957, nuestra colonia se recibió de centenaria. Habían transcurrido 100 años desde que el primitivo monte entrerriano, vecino al río Uruguay, había ensayado –por primera vez –su metralla de cantos para saludar a los colonos pioneros.

            A la expectativa que normalmente despiertan las reuniones preparatorias de una conmemoración, se sumaron algunas presencias significativas: la del director del periódico El Entre Ríos de Colón, de historiadores y personalidades nacionales y provinciales, con raíces en la colonia.

     La Comisión Central del Centenario fue presidida por Hernando Maxit, alguien que vivía lo mejor de la tradición imbuida de buen humor y cordialidad.

     En el seno de la comisión de la que, inicialmente, formé parte como secretario, se definió “que era propósito de la C. D. revivir y reivindicar el espíritu y el pensamiento de J. J. de Urquiza” como “sus dignos herederos”.

       En la asamblea realizada en el salón de la Biblioteca General Urquiza, para darle adecuado brillo a la conmemoración, se escucharon voces entusiastas que acariciaban la idea visionaria de la creación, para la posteridad, de un lugar que permitiera guardar los recuerdos, como reliquia. Algunas voces hasta ensayaban etiquetas: “Casa del Colono”, “Casa del Recuerdo” decía Rafaela Deymonnaz; formemos un “Salón Museo”, sugirieron otros con vocación de eternidad. Mientras, se estimulaba la generosidad por medio de los periódicos regionales y buscando transparencia, se resolvió “hacer entrega de un recibo por cada pieza recibida haciendo constar si era en carácter de donación o préstamo.

El acta Nº 10 del 23 de abril de 1956, registró la constitución de las primeras subcomisiones: “de Museo”, de “Historia y Cultura” con Carlos Prélat como presidente, el que propuso “solicitar la creación de una escuela por intermedio de la Alianza Francesa”. Se informó que se había puesto “al tanto de los propósitos de la Comisión Central a las embajadas de Suiza y Francia” y que se trabajaba con optimismo en la idea del museo para que la conmemoración coincidiera con la iniciación  concreta de las obras públicas a las que se aspiraba  y con “la instalación de una agencia del Banco de Entre Ríos”. Otras subcomisiones proyectaban el gran desfile evocativo y una exposición a cargo del “Club de Granja”.

     Convocada la población de San José y de la Colonia, nadie dudó, y el gran salón ofrecido por la familia Bouvier en la calle Mitre desbordó de relojes antiguos, pañoletas al crochet, aros de la abuela, libros llenos de tiempo con sus páginas amarillas, fotos de los fundadores, coches de antaño… con los que se inició el Museo.

     La “Subcomisión de Museo” se amplió con la incorporación entre otros vecinos, de María Ch. de Bózzoli y Miguel Angel Tramontin como secretarios. Celia I. de Bastian pasó a ser responsable de contar las moneditas disponibles, para apuntalar la nueva institución que aspiraba  a ser el broche de oro del acontecimiento.

     El año del centenario de la colonia madre fue saludado con salva de bombas, repique de campanas, sones de La Marsellesa y banderas desplegadas durante el encuentro en el lugar del desembarco. Y el Club Social y Deportivo San José se engalanó para, después de la cena, disfrutar del Gran Baile del Aniversario.

            Jalonando la ruta propuesta, la Liga de Padres de Familia del Colegio del Niño Jesús fue invitada a “aunar esfuerzos” para hacer realidad el museo. Con anterioridad, ellos habían asumido la misión de organizar uno similar. Los elementos reunidos hasta ese momento fueron cedidos entonces al fusionarse ambas instituciones. Ya se hablaba de la procuración del terreno y de la colocación de la piedra fundamental durante los festejos como lo propuso la Srta. Catalina Favre, vocal de la subcomisión; mientras, Magdalena R. de Izquierdo y su hijo Waldemar acercaban el ofrecimiento del terreno ubicado en la calle Rivadavia, entre Alvear y 9 de Julio y el interventor federal en la provincia comprometió ante una delegación que lo visitó el envío de la remesa necesaria para la compra de un edificio con destino al museo.

     En oportunidad de la inauguración oficial, el 24 de octubre de 1957, en el local cedido por la familia Bouvier, la cinta simbólica fue cortada por un nieto del general Urquiza.

     Una muchedumbre que, de acuerdo al Libro de firmas, superó las 3.000 personas, esperó su turno para visitarlo y trasladar así al presente, con el pensamiento, los cien años vividos, para llenarse de tradición. El mismo día, en un ceremonia arrullada por la esperanza, fue bendecida la piedra fundamental del futuro edificio. El espíritu sublimado de los ancestros había descendido en San José donde cada uno era custodio del bien heredado.

El museo es el espejo, la fuente donde pueden beber todos aquellos que aspiran a tumbar fronteras en la búsqueda de un vivir siempre más digno para el ser humano.

     Procurando conmover a la gente con el proyecto, alguien sobresalió desde los inicios. Llevaba el simple nombre de María, una mujer que no había nacido en San José sino que llegó un día a la entonces Villa y se enamoró de ella. La idea de juntar los recuerdos para unirlos en el museo la tocó como algo personal, como un desafío, y se sintió fecundada por ella. Su modesto automóvil la ayudó a andar la Colonia por caminos vecinales, a veces casi intransitables. “Señora, sabe que… en la granja de Pascal, de los Dubois o de los Martin… hay un arado que…” y allá iba María con su fordcito, incansable, encandilada. Y era su hablar amable, con palabras acariciadoras, convincentes. Si ayudaba que aceptara un té, o una copa de buen vino del país elaborado por el propietario, lo hacía, pero volvía con el traje, el objeto, el libro, el documento arrugado o el instrumento con el que seguiría vistiendo a su hijo adoptivo: el Museo Histórico Regional de la Colonia San José.

La comunidad sanjosesina comenzó a sentir el Museo como propio y se acentuó la confianza y el llegar de nuevas piezas, que se iban acomodando ayudadas más por el sentido común y la buena voluntad que por la tecnología.

     Transcurridos los actos conmemorativos y ya en Julio de 1958, la Comisión Central “reunida en el Museo de la Colonia”, informó que: “habiendo cesado el cometido de la Comisión y quedado el Museo Histórico Regional como único exponente que  continuará existiendo y prolongando en el tiempo las glorias de la Colonia, cuyo centenario se acaba de festejar, corresponde hacer entrega en calidad de donación a la Comisión Amigos del Museo Histórico Regional de la Colonia San José que tiene a su cargo la administración y el funcionamiento del mismo, de la documentación existente”. Con ello, se daba por terminada la labor de la Comisión Pro conmemoración del Centenario de la Colonia San José. Eran las 11 de la noche cuando las sombras la acogieron, al evanescerse en el silencio de los grandes, de lo que pocos se dieron cuenta dejando el signo de su huella, materializada en un hecho trascendente.

      Lo humano continuó funcionando a pleno. Sin embargo, en forma creciente, se fue advirtiendo la insuficiencia de recursos para el mantenimiento de la institución.

         En 1962, durante un viaje a San José –entonces me desempeñaba en Paraná al frente de la educación provincial– tuvimos un prolongado tête à tête promovido por la directora y la tesorera ad-honorem, Sras. María Ch. de Bózzoli y Celia I. de Bastian. Con transparencia, exteriorizaron en esa oportunidad sus preocupaciones, dolor adelantado e inseguridad en cuanto a la continuidad del funcionamiento del Museo, si no eran en ese momento arbitradas las decisiones necesarias para su sostenimiento material. Fue una charla de amigos motivada por un objetivo compartido, que sentíamos vibrar al unísono y que, impulsado desde el corazón, y de la manera más sabia posible, procuraríamos canalizar.

     Una de las primeras decisiones acordadas, a nuestro alcance, fue el envío del jefe del Departamento de Arquitectura del Consejo General de Educación para atender a las reparaciones del edificio con carácter prioritario, y  también pasaron a depender del Consejo General de Educación las señoras Bózzoli y Bastian en los cargos ahora rentados de directora y secretaria. Y fue también designada Rosa Varona, quien venía explorando la función de casera, en un cargo como portera. Así, salvando obstáculos, habituales en la vida de las instituciones, fue regularizado en ese momento el  funcionamiento de esta casa de cultura, tal vez con una pizca de magia, derribando excepcionalmente pero a conciencia, todos los expedientes burocráticos con sus notas y respuestas, sin papel ni lápiz. Estábamos ciertos, sí, que sin vueltas, habíamos abierto una ventana a un aroma que a todos nos templa el alma llamado “justicia” y, con el pecho ensanchado, lo aspirábamos identificados con el sentir de toda la comunidad. Quedaba también tendido un cable entre el museo y la presidencia del Consejo General de Educación.

     Después, para regularizar la relación institucional, por resolución Nº 135 del C.G.E., fue aceptado el ofrecimiento de la “Sociedad Amigos del Museo Histórico Regional de la Colonia San José” transfiriendo los bienes que constituían su activo fijo, asumiendo la responsabilidad de su custodia y funcionamiento. Era el 7 de mayo de 1963.

     En los considerandos de admisión se hacía referencia a que el “Gobierno de la Educación  conceptuaba oficialmente a la Sociedad de referencia como entidad auxiliar, en reconocimiento al mérito de su obra y a la inestimable ayuda que significará al aporte de la experiencia de quienes la integran”.

     Dos salas disponibles en el edificio del museo se vistieron de inocencia el 21 de ese mes del sesquicentenario de la Revolución de Mayo para el funcionamiento provisional del primer jardín de infantes de San José. Un mensaje musical  hizo vibrar entonces las fotografías testimoniales de antaño pugnando por romper los límites de sus marcos.

     Las aguas del río Uruguay seguían pasando, vigorosas, hacia el gran río que las llevaría para siempre al mar.

     Después, de nuevo la inestabilidad institucional: el turnarse de gobiernos civiles y militares empujados por vientos de transitoriedad. Nombrado comisionado municipal Lucio Blanc, impulsó la transferencia del Museo del ámbito provincial a la Municipalidad. La provincia amplió, entre tanto, las instalaciones, con la intención de preservar el rico patrimonio reunido. Fue designada nueva directora del museo Mercedes Vanerio, la que inició el reordenamiento de las salas. Los limitados recursos del municipio -a cargo del Museo- como los que llegaban  a través de la institución “Amigos del Museo”, se hacían insuficientes y una vez más, con imaginación, buscando acaso más allá del fondo de las cosas, excediendo los límites locales, se salió a conseguir recursos. La Fundación Antorchas extendió su mano asignando una subvención mensual para reciclar un sector de la casa que permitió actualizar las condiciones de guarda y exposición y facilitar el concurso de  especialistas en el funcionamiento y la conservación de museos que asesoró y capacitó al personal; el trabajo casero comenzaba a ser reemplazado por los recursos de la tecnología. En las postrimerías del siglo XX, se sumaron el Smithsonian Institute, con la Fundación Antorchas y el Fondo Nacional de las Artes. En el concurso dirigido a la actualización de museos originado en la convocatoria de YPF, el Museo Histórico Regional de la Colonia San José estuvo entre los cuatro ganadores: se habían presentado cuatrocientos. “Hay que decir que nuestro proyecto es ganador porque pusimos la capacidad de nuestros vecinos a trabajar”, expresó la directora. Y, una vez más, se escuchó el “presente” desde la Municipalidad y de la Fundación Bunge y Born, a la hora de avalar o apuntalar el Museo Histórico.

Se sucedieron conferencias con especialistas, muestras, los intercambios –ya en un vuelo internacional– con el Elis Island, el museo de inmigración de los EE.UU, con los archivos de Sion, la capital del Valais donde continuaban desempolvando documentos, el apoyo de la última tecnología y el diseño introducidos por los museólogos estadounidenses Carolyn Rose y James Volkert, que arribaron desde Washington.

     La embriaguez de la modernidad también empuja paredes pidiendo exhibición plena de su riqueza. Se percibe un toque humano y espiritual cuando –al visitar el museo– el colono o el vecino que continúan andando los caminos de la vida, se encuentran con lo que, un día, sintiéndose parte y con levantado vuelo, acercaron.

El Museo es el portal de un alba privilegiada que en el  año 2007

-mirando hacia atrás– pugna con sus primeras luces para sumarse, desde nuestro ahora, a la percepción del ayer.

 

                                                                  Héctor Norbeto Guionet


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